Introducción.
“…si la razón logra hacerse del poder, logrará enderezarlo todo”. Jesús Silva Herzog Márquez, La idiotez de lo perfecto.
1.- Falso, falso, falso.
Hemos alucinando de más. No hay duda que el ruido de las metrallas, de las granadas y de las inefables muertes, nos han colmado de un silencio compartido que frisa la edad de, más o menos, cuarenta años. Aparcados en el lugar de la incertidumbre, hemos visto que las ilusiones de salir por la puerta de emergencia se han clausurado. La carretera de la paz ha resultado engañosa, sinuosa, casi un artefacto al servicio de la indignación: la paz no llegó porque no confabuló, de entrada, con la inteligencia ¿Cómo pensar la violencia desde un presente aletargado por un pasado que copuló con la delincuencia organizada? “Nos van a pasar vainas muy graves. El narcotráfico ha tenido tres fases en Colombia. La primera fue la fase de la diversión, de la gran orgía, donde todo el mundo se acostó con él y nadie se dio cuenta”.1 Lo mismo podemos decir de México: la racionalidad de antaño del pacto o, al menos, de la tolerancia frente al crimen organizado, tuvo una ruptura que ofendió a narcotraficantes pero congració el plan de los Estados Unidos: atacar el mercado de la droga. Desde los setentas, cuando Ronald Reagan declaró la “guerra” contra las drogas, el cono de la violencia proveniente del narcotráfico nos ha llevado a embudos con una concentración inaudita de secuestros, violaciones a los derechos humanos y la fragmentación focalizada –aunque suene paradójico- del hambre de codicia de los narcos: Bogotá, Medellín y el Magdalena Medio en los ochentas en Colombia, y Ciudad Juárez, Sinaloa y Guerrero en el presente en México. La confrontación y la congestión armada en estos sitios tiene puntos de convergencia, aunque también diferencias específicas que atañen a la geografía, al nivel de penetración de los cárteles, a la impunidad reinante, a los hoyos de ingobernabilidad, a la pobreza, a la dispersión de la violencia y, finalmente, a cuatro efectos que Eduardo Guerrero detalla en la revista Nexos, en su artículo, “Cómo reducir la violencia”2: el efecto combustión, el efecto amplificación, el efecto escalamiento y el efecto derrame. Más tarde entraremos a detallar cada uno de ellos. Analizando la situación, desmentimos la falsa, absurda, vacua y viperina idea que el problema de México tiene que ver con la declaración de guerra del Presidente Felipe Calderón. Un solo acto para un problema multidimensional, histórico y cambiante: la verdad a medias que vemos repetida día a día.
Las oscilaciones caprichosas de una sociedad que se ha visto asediada por los medios de comunicación, por las constantes y rampantes modas de fácil acceso a las drogas permitidas a su vez por lo que, creo, no ha sido tocado o, al menos, ha sido sobreentiendo en un texto mucho más complejo de lo que parece: la relajación de lo ilegal. Gilles Lipovetsky nos puede dar un esbozo de este relajamiento mortal que ha tenido y ha conllevado a la pérdida de valores tradicionales, al intercambio fascinante pero ponzoñoso de culturas para dar paso a la indiferencia total, a alzarnos de hombros ante las garras de lo peligroso. He aquí un recuento del hombre moderno: “Todo él indiferencia, el desierto posmoderno está tan alejado del nihilismo “pasivo” y de su triste delectación en la inanidad universal, como del nihilismo “activo” y de su autodestrucción. Dios ha muerto, las grandes finalidades se apagan, pero a nadie le importa un bledo…”3. Triste conclusión: la indudable carrera hacia la moda de la permisividad, mata; la delegación de la moral de lo prohibido en “otros” ha subrayado la necesidad de un cambio cultural; la globalización no significa solamente intercambio cultural pero sangre que brota a borbotones. Otro fenómeno interesante del porqué el incremento de las drogas, puede resultar del mito de lo inocuo del cannabis. Algo totalmente falso: según datos del World Drug Report 20114, en Estados Unidos hay 32, 520,000 consumidores de esta droga y, en el mundo, entre 2.8 y 4.5. % de personas entre 15 y 64 años la han probado aunque sea una vez. Si somos conservadores y seguimos la estimación más baja (2.8%) que nos arroja la cantidad de 125 millones de consumidores en el mundo, Estados Unidos aglutina el impresionante porcentaje de 40.62 % de los consumidores totales. Gran negocio. Ahora bien, el mito de que el cannabis es totalmente inocuo, es falso. De acuerdo al mismo reporte, el uso de esta droga trae como consecuencia una larga variedad de síntomas psicóticos y deficiencias cognitivas como deficiencias en el aprendizaje, en memoria a corto plazo, función ejecutiva, habilidad de abstracción y en la toma de decisiones e incluso en la atención. El mismo segmento menciona la relación estrecha entre psicosis y cannabis.
Insistimos demasiado en las estrategias contra la inseguridad dirigidas, redirigidas, vomitadas, intercambiadas y discutidas hasta el hartazgo en México y Colombia pero no programas de salud o un giro en la razón del drogadicto y, específicamente, el que vive en Estados Unidos. El país causante del problema es también el más pasivo, pues se admira de las roturas en el entramado institucional de los afectados pero apenas se involucra; recibe con bombo y platillos a los narcotraficantes pero su relación bipolar con México y Colombia sufre altibajos que causan inestabilidad. No es ningún secreto que el plan Mérida o el plan Colombia no fueron suficientes. La paranoia reinante en México es símbolo de una violencia diferente a la que se vivió en Colombia: en primer lugar, México no ha tenido los niveles de violencia del país sudamericano, ni la gran cantidad de figuras públicas exterminadas. Hagamos un recuento: cuatro candidatos presidenciales asesinados. Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo, candidatos a la Presidencia por la Unión Patriótica; Carlos Pizarro, líder del M-19; Luis Carlos Galán, senador y precandidato del Partido Liberal; el tres veces candidato presidencial Álvaro Gómez Hurtado, asesinado. También, el Gobernador de Antioquia, Antonio Roldán Betancur, el director del el periódico El Espectador, Guillermo Cano, Andrés Pastrana candidato a la Alcaldía de Bogotá, secuestrado; Gustavo Zuluaga Serna, magistrado de la Sala Penal del Tribunal Superior de Medellín, asesinado; el ministro de Justicia de Colombia, Rodrigo Lara Bonilla, asesinado; más de cuarenta funcionarios de la Rama Judicial, y algo inédito no solamente en Colombia sino en la historia política del mundo: la U.P. (Unión Patriótica) partido legalmente constituido en mayo de 1985 como una desmovilización de las FARC (Fuerza Armadas Revolucionarias de Colombia), brutalmente masacrado: alrededor de 5, 000 miembros, 8 congresistas, 2 candidatos presidenciales y alcaldes, asesinados. Solamente entre 1988 y 1990, según María Jimena Duzán 5, unas 40 mil personas liquidadas.
Pero, ¿por qué la percepción de inseguridad creciente en México si no estamos ni cerca de los niveles colombianos en los ochenta? Porque nuestra violencia es mucho más mediática en México que en otros países latinoamericanos: de acuerdo a Viridiana Ríos, investigadora invitada del Centro de Estudios México- Estados Unidos en la Universidad de California en San Diego, nos dice qué: “México tiene un tipo de violencia que es mediáticamente atractiva, memorable. Los asesinatos en Caracas podrán ser tres veces más comunes que en México, pero se dan por robos a transeúntes y secuestros. No hay figuras como El Chapo, Beltrán Leyva, para señalar como culpables.”6 Los destellos de violencia son automáticamente percibidos por la prensa, fuente inagotable de sinsentidos, amarillismos y una ola que favorece la muerte como constante flujo de ganancias: la ética periodística suprimida, asolada y apocada por la violencia. Además, el reino de las comunicaciones es mucho más rápido, hay mucha más cobertura y un evento noticioso se convierte en omnipresente apenas sucede. En el mismo artículo antes mencionado, Ríos nos ofrece una elocuente gráfica que desmiente lo que, muchos, a fuerza de calumniar, olvidan: El Salvador, Jamaica, Colombia, e incluso al aplaudido Brasil tienen tasas de homicidios más altas que México. En 2008, México tenía una tasa de homicidios de apenas 10.9 por cada cien mil habitantes, a comparación de El Salvador, de 57.5; Brasil, una tasa de 25.5. Entonces, ¿Qué soluciones darle a México? ¿Qué características del país nos ayudan a combatir al narcotráfico y en cuáles debemos mejorar? ¿Qué caminos recorrer para imaginar un cambio? ¿Desde qué óptica atacar no solamente al narcotráfico sino a la delincuencia organizada?
La percepción general es que la batalla se está perdiendo. Se está comenzando a palpar, sin embargo, que la sociedad lleva en su interior una importante carga de responsabilidad, que se debe abrir la ventana para oxigenar el cuarto, prender la vela y taparla del viento ¿Qué hacer? ¿Hacia dónde ir? Este ensayo intentará dilucidar, limpiar y bruñir los mitos, ofrecer las respuestas y, de una buena vez, suprimir la falsedad resultante de las premuras.
Desarrollo
2.- Los pecados
“¿Te parece meritorio haber incendiado el mundo para ver qué podemos aprovechar de sus cenizas?” Gerardo Laveaga, El sueño de Inocencio.
La literatura también tiene sus muertos. La vida de los narcotraficantes, sus obsesiones, sus sinsentidos, traiciones, ambiciones y metidas de pata han servido como retrato vivo para novelistas y articulistas. Leopardo al sol de Laura Restrepo; El Ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez; La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo; La Voluntad y la Fortuna de Carlos Fuentes y La Reina del Sur Arturo Pérez Reverte siguen los pasos de narcotraficantes y sus historias. Tanto ha sido el mito y el pringue del narcotráfico que abarca toda la realidad, que ha sido necesario recrear sus vidas a través de la pluma. El ruido de las cosas al caer, la más reciente de estas novelas, nos otorga un simbolismo propio que ha abrazado cada lugar donde el narco se ha asentado: los sonidos cambiantes del mundo. Si antes se escuchaba el cantar de los pájaros, ahora el inmarcesible y eterno ruido del silencio; si antes escuchábamos compartir el alivio de cosas insustanciales, ahora la respiración entrecortada del secuestrado; si antes la monotonía tranquila, ahora las balas relampagueantes. Y es esto lo que nos dice la novela: hemos llegado a un punto en donde se ha vuelto necesario clasificar los ruidos: nadie tan vulnerable como un sordo. Y en el contexto general, Colombia y un hombre ambicioso. Si he recurrido a la literatura para explicar el narcotráfico no es por un ánimo pedante de santería intelectual, ni mucho menos por la parvedad –concédanme la ironía- que pudiera ofrecer la realidad: muerte tras muertes, decapitado tras decapitado, ya no entendemos porque la gente muere. La novela, un ejercicio de razón, puede adentrarnos de nueva cuenta en las razones del narcotráfico. Leer como antesala del entender.
Y por lo mismo debemos realizar un entrechoque intelectual entre la ovación desmedida hacia la estrategia contra la inseguridad y su calumnia completa. Lo prometido es deuda: ¿cómo explicar el aumento de la violencia en México y qué soluciones dar a esto? Eduardo Guerrero habla de cuatro fenómenos en los que sería interesante hurgar.
En primer lugar, el efecto combustión. Esto es sencillamente el ataque entre bandas resultado de complejas alianzas que se desmoronan o que subsisten. Es bien sabido que cuando la autoridad atrapa o detiene a algún líder, aumenta la violencia, y es que la organización criminal se ve envuelta en un mar de confusión, propiciado por la ambición de sus integrantes de subir al puesto y propulsado por el ataque de bandas rivales que, al ver a su enemigo sin líder, la atacan sin clemencia. Esto sucede que la región se prenda al instante, resultando en un aumento de ejecuciones y secuestros que pueden durar semanas o meses. ¿Qué hacer en este caso específico? En primer lugar, una buena labor de inteligencia. ¿A qué me refiero? A que antes de atacar, las autoridades deben medir o, al menos, intentar vislumbrar el nivel de violencia que surgirá del descabezamiento de la banda criminal. No es lo mismo atrapar a un gran capo que a un líder local.
El segundo efecto que del que Guerrero habla es del efecto amplificación, que también podría ser llamado de dispersión. Los cárteles, auspiciados por la gran cantidad de recursos que llegan a sus arcas, necesitan de matones a sueldo para acabar con el cártel rival. Les proporcionan armas por las que se empoderan. El resultado: el involucramiento a gran escala de organizaciones inicialmente comprometidas con otro tipo de actividad.
El tercer efecto, es el efecto escalamiento. Este efecto se refiere a la impunidad: debido a la explosión de la violencia las autoridades no tienen la capacidad de realizar todos los arrestos necesarios. ¿Qué sucede? Prevalece la impunidad: la escalada de violencia aumenta porque no hay un factor disuasivo que detenga a los sicarios.
El cuarto efecto, es muy parecido al segundo pero por distintas razones: el efecto derrame. Cuando la violencia crece, también los arrestos (aunque no de la manera en que quisiéramos) o los asesinatos. Esto provoca una dispersión de bandas que buscan asentarse en nuevos lugares y buscar nuevos líderes para seguir delinquiendo. Se derrama la presencia del narco y de organizaciones criminales en lugares donde antes no existían.
Estos tipos de efectos están muy relacionados con el tipo de cártel asentado en una determinada localidad, con la geografía del lugar, con el compromiso del Gobernador con la lucha a la delincuencia organizada y con los niveles de educación, pobreza, presencia del narco en la entidad y tipo de actividad prevaleciente (secuestro, pornografía, piratería, venta de autopartes, robos). La dispersión de las organizaciones criminales la podemos verificar fácilmente: en 2006 teníamos seis cárteles que operaban en México. Entre 2007 y 2009, ocho. En 2010, doce. ¿Qué sucedió? Podemos apenas desbrozar el camino para intentar algunas hipótesis.
Concilio
Según Anabel Hernández8, en octubre del 2001 se llevó a cabo una reunión histórica entre narcotraficantes: de aquellas series de reuniones saldría La Federación, un acuerdo entre los miembros de la organización del Pacífico. De esta reunión muchos líderes del narcotráfico saldrían fortalecidos. Durante el Gobierno de Vicente Fox se golpeó fuertemente a la organización de los Arellano Félix, lo que provocó que estos fueran desplazados del contexto de la violencia en México. Tiempo después, La Federación le declaró la guerra al Cártel del Golfo, y a los que a la postre se convertirían en sus peores enemigos: Los Zetas (Zetas: porque después de la “z” no hay nada). A partir de ahí, la guerra de los narcos se ha intensificado conforme el tiempo pasa. La muerte de Arturo Beltrán Leyva, El Barbas, debilitó al cártel de Juárez, lo que provocó una ofensiva por parte del Cártel de Sinaloa contra ellos (efecto combustión). Luego, la alianza del cártel de Sinaloa y el cártel del Golfo contra los Zetas, ha provocado otro espiral interminable de violencia. La muerte de Ignacio Coronel, la detención de Edgar Valdez Villareal, la muerte de Tony Tormenta, han tenido un efecto de violencia que ha asolado a distintas regiones del país. Hay otro evento que representa un nodo de violencia en el complejo y súper esquematizado árbol de traiciones: la muerte del hermano del líder del Cártel de Juárez a manos de El Chapo Guzmán. A partir de ese momento, se desató en Ciudad Juárez una guerra sin cuartel. Además, la presencia del Ejército y la Policía han aumentado las tasas de violencia. Es un lugar común (porque es cierto) afirmar que los operativos incrementan la violencia. Sin embargo, Fernando Escalante esboza, tímidamente, una hipótesis nueva: la sociedad se está volviendo más violenta. El narcotráfico es el contexto, pero no la explicación. Interesante: para demostrarlo, nos da apenas una gota del mar. Al revisar los periódicos de los municipios de La Montaña y de la Costa Chica (no municipios como tales, sino los municipios de aquellas regiones), se encuentra con que la violencia de aquellos sitios no tiene nada que ver con el narcotráfico: un conflicto de límites entre Tlcoachistlahuaca y Jicaral con varios muertos, un conflicto agrario entre Tilapa y Tierra Colorada, discusiones de borrachos en una boda, una balacera entre habitantes de Alcozauca y Metlatónoc por conflicto de límites, muertes relacionada con los miembros de la Liga Agraria Revolucionaria del Sur Emiliano Zapata. Nada de narcotráfico. Por supuesto, esto es apenas una línea, un susurro. Pero la idea ahí está: valdría la pena ahondar más en ella en un futuro.
No sucedió lo mismo con Colombia. A pesar de tener un solo ejemplo, este resulta revelador, pues parece que en Colombia tuvieron pocos liderazgos, irremplazables, aunque fuertes. Vale la pena analizar lo que sucedió. A la muerte de “El mexicano”, la impresión que da el libro de María Jimena Duzán, “Crónicas que matan”, es que las cosas se tranquilizaron. Ella misma lo dice: “Con la muerte de “El mexicano” y la caída de sus sucesores, al fenómeno paramilitar le cercenaron sus alas de animal grande y rapaz”9. La autora no niega que el fenómeno haya desaparecido pero, al menos, sí debilitado.
Sin embargo, como cualquier monstruo, este tiene un comienzo. El evento que desencadenó la lucha de las drogas en Colombia tiene que ver con la memoria, con aquella parte del cerebro que retiene, codifica y entrega información. Fue una fotografía lo que tuvo postrada a Colombia y ahora tiene postrado a México. En los días en que Pablo Escobar era legislador y amasaba su fortuna con un cinismo impresionante; cuando construyó su zoológico; cuando tenía corrompidas a las autoridades, el rumor que Escobar era narcotraficante era solamente un pensamiento incómodo, un secreto que se prefirió ignorar. Fue Guillermo Cano, director de El Espectador, que reveló la verdadera identidad de Escobar. Al parecer, a Cano la cara de Escobar le resultaba familiar: la había visto en algún momento, y no precisamente relacionada con su actividad legislativa. Se puso a buscar en compañía de su equipo y la encontró: “La fotografía hallada por petición de Guillermo Cano no era un documento cualquiera. Se había tomado en junio de 1976 en la cárcel de de Bellavista, en Medellín, y mostraba a Escobar después de su captura en el municipio de Itagüí, en compañía de su primo, Gustavo Gaviria. En poder de los dos hombres se encontraron 18 bolsas de polietileno que contenían 39 kilos de cocaína de alta pureza, además de cinco mil dólares y 50 mil pesos colombianos en efectivo”.10 Es ahí donde podemos rastrear el inicio de un poder corruptor masivo; de un eclipse que cambiaría todo: del peligro más devastador, imponente y peligroso al que se han enfrentado Colombia y en México en toda su historia. Por supuesto, ni El Chapo Guzmán ni Pablo Escobar pudieron haber creado las estructuras delictivas que crearon sin la anuencia y la permisividad de las autoridades en los lugares en donde se asentaron. Tanto el libro de Anabel Hernández, la revista Proceso, y el libro de María Jimena Duzán, están plagados de vínculos entre las autoridades y el narco. No es posible enumerarlos todos. Es más, ni siquiera conocerlos todos.
Colombia y México
“Un gobierno que en lugar de domesticar a las criaturas que ha creado, ahora vive aterrorizado por ellas”. Dennise Dresser.
Mientras que la violencia en Colombia está cargada de un sinnúmero de grupos paramilitares, guerrillas, campesinos, políticos, desmovilizaciones guerrilleras y bombas, la violencia en México es mucho más concreta, menos abigarrada, confusa y con tantos intereses encontrado como la colombiana. Mientras que en Colombia la extradición fue un tema medular en el combate al crimen organizado, en México la damos por sentada; mientras que en Colombia la profusión de bombas mató centenas de civiles, en México no hemos tenido ese fenómeno (a excepción, por supuesto, del atentado terrorista en Michoacán con dos bombas); mientras que Colombia sufrió decenas de masacres de campesinos, sobre todo en el Magdalena Medio, en México no las hemos tenido; Colombia tiene una selva completamente inaccesible que ha servido como foco de proliferación de guerrillas y asentamiento permanente de narcotraficantes, en México tenemos tres estados cuya geografía hace muy difícil el acceso del Ejército ahí: Guerrero, Chiapas y Oaxaca; Colombia utilizó el sistema de jueces sin rostros mientras que en México dicha solución aún no es necesaria. Tenemos, sin embargo, un gran problema: somos vecinos de Estados Unidos. De ahí vienen las armas; también los errores estúpidos provocados por la soberbia política norteamericana: Rápido y Furioso terminó siendo un regalo de más de mil armas de alto calibre a los cárteles mexicanos. El sentimiento general colombiano después de los asesinatos de importantes personajes, unió al pueblo en Colombia. En México se sigue teniendo la sensación que la batalla contra las drogas es una cuestión unipartidista aunque no invisible, folclórica aunque no aplaudida, indudablemente sangrienta aunque no bien entendida. Hemos pasado del pacifismo conciliador con los narcotraficantes a la sorpresa inaudita por el alud interminable que representa su regeneración. El gobierno que contribuyó a solaparlos fue también el partero que estuvo en el nacimiento. Y aún se piensa en la negociación como método infalible de paz, pero algunos, como el ex presidente de Colombia, Ernesto Samper, no están del todo de acuerdo: “Si este acuerdo llegara a darse, sería el comienzo del fin del Estado de derecho de México porque encarnaría la versión mexicana de la teoría del apaciguamiento de Chamberlain quien proponía dejar que Hitler invadiera solamente a sus vecinos para no exacerbar más allá sus ánimos imperialistas.”11 Y no lo dice sin la luz que proporciona la experiencia: basta recordar dos de los muchos intentos de negociación que el gobierno colombiano trató de completar por aquellos años. El primero, realizado por el ex presidente Alfonso López Michelsen en junio de 1984 en el Hotel Marriot, en Panamá, el cual resultó un fiasco completo: Juan Manuel Santos, actual presidente de Colombia y en aquel tiempo subdirector del periódico El Tiempo, publicó el encuentro. Aquello indignó a la sociedad colombiana, especialmente por el asesinato, dos meses antes, de Rodrigo Lara Bonilla.
El segundo ocurrió durante el cuatrienio del Presidente Barco. En aquella ocasión, fueron secuestrados 20 comerciantes y el hijo de Germán Montoya, secretario general del Presidente Barco. Se negoció el secuestro por medio del mismo Michelsen y, sorprendentemente, los narcotraficantes publicaron una carta en donde, a decir verdad, era demasiado buena para creer: “Aceptamos el triunfo del Estado, de las instituciones y del gobierno legítimamente establecido y estamos dispuestos a deponer las armas y objetivos de lucha en aras de los más alto intereses de la patria”.12 Al principio parecía que los colombianos estaban ante la tan anhelada paz, pero bastó que el tiempo pasara para que se dieran cuenta de lo equivocados que estaban: a partir del asesinato de Bernardo Jaramillo todo volvió a su cauce. Fue en este punto cuando la revista Semana publicó un artículo en el que se aseguraba que había habido diálogos con los narcotraficantes. Esto, nuevamente, debilitó la credibilidad del Gobierno de Barco y puso en entredicho su estrategia.
En México la política del pacto no puede seguir viva y alimentada desde arriba, so pena de la amenaza del debilitamiento de las instituciones mexicanas; la cooptación de la democracia y de las elecciones en manos de los delincuentes; la paz bajo un velo de impunidad creciente; la mentira del compromiso en manos de los narcotraficantes; la ilegalidad se asentaría entre nosotros como una infección esperanzadora que mata lentamente y en silencio. Se escucha constantemente que no se debe combatir a los cárteles de manera frontal, pero nunca nadie explica cómo debe de hacerse: o estamos ante una solución imposible o ante la ilusión de los ingenuos. No se puede combatir al narcotráfico sin derramamiento de sangre. La solución a largo plazo (educación) es clara e irrefutable: a mayores oportunidades provistas por un sistema educativo fuerte y constante, menor probabilidad de enrolarse a las filas del crimen organizado. La segunda, el debilitamiento de los criminales a través del ataque a sus activos (dinero, inmuebles, automóviles, etcétera) acabaría con su capacidad corruptora pero no con su codicia y violencia. Aunque se tiene la percepción que el sistema financiero de México es débil y, en consecuencia, fácil como método para lavar dinero, expertos afirman que esto no es cierto: Ramón García Gibson (autor del libro Prevención del lavado de dinero y financiamiento al terrorismo) y Ricardo Gluyas (autor del libro Inteligencia Financiera), en el programa Derechos en Pugna, conducido por Gerardo Laveaga, y a pregunta expresa de éste último:“Si tú fueras asesor de un lavador de dinero, ¿Qué le dirías? ¿Es fácil? ¿Es difícil? ¿México es un buen lugar para hacerlo (lavar dinero)?, Ricardo Gluyas responde qué: “(Le diría) pues que se fuera de México porque en el caso del sector financiero la actividad preventiva está desarrollada y lo puede detectar”. Ramón García Gibson coincide con el análisis de Gluyas: “Es fácil en ciertos sectores, es más difícil en otros como se menciona, el sector financiero. El sector financiero tiene políticas ya que datan desde el año 97’para prevenir, detectar y reportar esas actividades”.13
Recordemos que el narcotráfico no es la única fuente de ingresos de la delincuencia organizada: pornografía, trata de personas, venta de autopartes, robo, secuestro y, por supuesto, piratería. Según Jorge Dávila, Presidente de la Confederación Nacional de Cámaras de Comercio, Servicios y Turismo 14, “La piratería, el contrabando y la informalidad están ligados al crimen organizado. Tenemos que exigir que las autoridades actúen con firmeza, con eficacia y dar resultados. No se puede esconder la piratería y el contrabando, pues representa 74 mil millones de dólares al año en este país. Esa cantidad es casi cuatro veces la factura petrolera, tres veces las remesas de connacionales desde Estados Unidos y casi siete veces la factura turística del país”. Para detener completamente a la delincuencia organizada se necesita su encarcelamiento y seguimiento para que no sigan perpetrando delitos aún dentro de la cárcel. Hay una lectura incorrecta del problema, y Joaquín Villalobos nos la hace saber: “La guerra es entonces una realidad inevitable y la violencia y el tiempo no son por ahora indicadores de victoria o fracaso, sino indicadores del tamaño del problema. No es sensato demandar que en tres años acabe la violencia de unos grupos criminales que poseen miles de millones de dólares, decenas de miles de armas y miles de bandidos que han aprendido a matar.”15
México no solo ha visto muertos, sino una disminución en la capacidad para informar libremente. De acuerdo a Freedom House, casa encuestadora que desde 1973 lanza un mapa global en donde, de manera muy clara, se ve donde hay libertad para informar o no. ¿La conclusión? México se ha ido transformando con el tiempo. También, esta misma casa encuestadora presenta otro mapa mundial en donde vemos en qué países hay libertad (política y civil) y en cuáles no. Los mapas hablan por sí mismos.
Este mapa es similar al pasado: muestra que México ha declinado de 2007 a 2011 en 10 puntos, pero esta vez, en libertad en general. Lo pueden encontrar aquí, así como todo el documento: http://www.freedomhouse.org/images/File/fiw/FIW_2011_Booklet.pdf
Desidia
“La muerte es para nosotros algo así como un profundo retiro donde terminamos de recoger las enseñanzas de la historia y los títulos de la humanidad”. Maurice Joly, Diálogos en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu.
Tenemos un problema de visión que nos asfixia pero que, de alguna manera, no resulta imperante resolver. Se trata de la trivialización de la política criminal. No me refiero a que los ciudadanos no se la tomen en serio, sino que la inclusión de ciertos dogmas en el imaginario mexicano ha provocado la guarnición del Gobierno Federal en una coraza dura e impenetrable. Se habla de cuarenta mil muertos pero no de los millones de drogadictos; facilitamos la entrada al olvido y nos desmarcamos de nuestra responsabilidad con la ilusión repetida del “yo no soy Presidente”; seguimos radicalizando la decisión del Ejecutivo de enfrentamiento a las drogas bajo el mote ilusorio del unipartidismo azul y la obsesión de Calderón por legitimarse tras una convulsa elección presidencial. Perdemos el tiempo buscando mejores datos y más estadísticas que demuestren la falta de voluntad política o la inanición completa de las fuerzas de seguridad frente al crimen, pero no las preguntas que aceiten la maquinaria de la imaginación. Quien maneje más datos precisos de las muertes, más sabio se le considera. El lustre que brota de los números de los demagogos apacigua y opaca las respuestas de los pensadores. Nos consideramos objetivos porque creemos en las nuevas formas de medición. Nos pretendemos iluminados porque con el gracejo de un buen comediante podemos diluir la culpa y la responsabilidad: cambio, sí, ¿pero hacia dónde? No busco enfundarnos de luto ni tampoco ovacionar la pandilla de funcionarios ineptos que tenemos. El lúgubre camino que recorremos con microscopio ha logrado que volteemos a ver donde estamos parados: en un teatro en donde la simulación y el idilio por las formas es más importante que el cemento de lo concreto y el enamoramiento por el contenido. Vivimos atestados de lo mismo, atados a farfullar las mismas críticas sin un repunte de fondo, encerrados en la política superflua, vana y cadavérica y cada vez más ensimismados por el pasmo de la poquedad en las ideas. Manipulados por la desinformación y la poca aptitud de ver, oler y sentir vivimos en un injerto de muerte. No aspiramos ya al derrocamiento de los corruptos pero a la limpia sin tregua de los sospechosos. No más aspirar a ser un país educado pero sí feliz, no productivo pero sí bien alimentado, no culto pero sí viviendo en la cola de la medianía. A expensas de pasar un buen rato cortamos los nudos del futuro. Y es que la violencia no tiene que ver con el sueño violento de los delincuentes, pero con la marejada indiferente de los que lo permiten. Con los verdaderos amos del narcotráfico: los políticos que estiran la mano; los policías que escuchan sin escuchar; los empresarios que se arriesgan a lavar dinero; los drogadictos que piden ser tratados como enfermeros a pesar del cinismo de su actividad; la desidia intelectual de los pensadores que piensan que esto es un problema que atañe a los cotos de poder. Estamos ante un problema social: ni político ni económico. Ante un problema moral: ni policial ni castrense. Activando el compromiso podremos conciliar alternativas. Ya no la intriga constante pero el destape de lo podrido a la luz del sol. El Presidente Calderón acaba de sacar lo que olía a viejo: el diálogo con Sicilia es una decisión que se aplaude, que es bienvenida y que es saludada con nuevos ojos. Pero que esto no sean solamente buenas intenciones: las constantes desgracias en política vienen más del liderazgo bien conducido de los borregos y sobrevaluado de la sociedad, a las promesas o mentiras que se vierten en campaña. Hay que regular las policías, mejorar el Ejército, concertar nuevas formas de atacar la delincuencia organizada, pedirle una y otra vez a los Estados Unidos que controlen el flujo de armas y el hambre mortal de sus drogadictos: pasteurizar la raíz del miedo y purgar, sin conveniencia alguna o tregua falsa, las patéticas súplicas de los criminales.
Conclusiones
“…despierten, niños, que tenemos que irnos a la Revolución”. Carlos Fuentes, Cristóbal Nonato.
Hemos visto que no hay soluciones fáciles y que el problema del narcotráfico se extiende, rápido y victorioso, al interior de la República. ¿Qué hacer? En primer lugar, inspirarse en la Convención de Palermo, firmada por México, para atacar a la delincuencia organizada desde distintos puntos, que abarcan desde Penalización de la participación en un grupo delictivo organizado, medidas contra la corrupción, prevención, asistencia y protección a víctimas, etcétera. Los lineamiento de la Convención de Palermo, si bien abstractos y supeditados al contexto general de cada país, ofrecen una saludable guía para reconducir la estrategia.
Aprender de las lecciones de operativos exitosos en otros países: el multicitado Eduardo Guerrero ofrece pistas para sanar los deficientes operativos conjuntos que hasta ahora el Presidente Calderón ha puesto en marcha.
1.- Concentración de las fuerzas de seguridad en una zona específica para así disuadir a otras organizaciones criminales de delinquir.
2.- Mejores labores de inteligencia que permitan prever el escalamiento de violencia posterior a una detención.
3.- Castigos certeros y rápidos. Habría que añadir, también, “eficaces”.
Por otro lado, sería recomendable que el Gobierno se concentrara en la droga que más dinero deja. Según el World Drug Report 2011, el cannabis es una droga que, si bien se trafica con ella, crece en los Estados Unidos. Se trata de un comercio interno, aunque también con cargamentos provenientes de México. Lo mismo con el mercado de las metanfetaminas. Sin embargo, no sucede lo mismo con la cocaína: llega a Estados Unidos principalmente de la región Andina, de Colombia, América Central y México. El mismo reporte muestra que el 10.7% de la población en Estados Unidos utiliza cannabis, a comparación con la medida global (7%). Con la cocaína pasa lo mismo, Estados Unidos concentra el 37.9 % por ciento de todos los consumidores de drogas del mundo. Pero por lo mismo no sorprende que Estados Unidos tenga la tasa de mortalidad más alta en lo que se refiere a drogas: 148 muertes por millón entre la población de 15 a 64 años. Creo que lo recomendable es concentrarse en la confiscación de dos tipos de mercado, pero por diferentes razones. El mercado de la cocaína porque es una droga que llega de Colombia y pasa por México, sin un mercado interno en Norteamérica. Después, el cannabis, ya que, a pesar de ser una droga con un importante mercado interno en Estados Unidos, gran parte de la población la consume. Esto genera grandes ganancias del narcotráfico y el peligro de convertirse (al menos ahora, con la ilicitud de las drogas) en un producto ampliamente aceptado por el mito falso (ya vimos en páginas anteriores porqué) de que se trata de una droga inocua. También, concentrarse en los estados donde se produce la hierba: “Sinaloa, Michoacán, Guerrero, Jalisco, Oaxaca y Nayarit que representan aproximadamente el 53% de la erradicación total de cannabis, y en la región del Centro y el Norte (Chihuahua y Baja California), donde tuvo lugar el 42% de la erradicación de cannabis en 2005.”16. Además, según el reporte, de un total de 85 billones de dólares dejados por el mercado de la cocaína, tan solo en los Estados Unidos se concentraron 34 billones de dólares. Por el lado del cannabis, no hay una cifra exacta, pero podremos aventurarnos a dar una. El precio por gramo, extraído de la gráfica que el reporte nos presenta, es de unos 12 dólares en promedio en América del Norte (incluido México). Tenemos 32, 520,000 consumidores, pero no es posible saber exactamente cuánto compra cada uno, así que mejor multiplicaremos el precio por gramo por 1000 gramos, para obtener, así, el precio por kilo, es decir, 12 por 1000, lo que nos da un total de 12,000 dólares por kilo, multiplicado a su vez por los decomisos (los más altos del mundo, por cierto) realizados en América del Norte (México, Estados Unidos y Canadá), o sea, 4, 188,620 kilos decomisados en 2009. Esto nos da un gran total de 50, 263, 440,000 mil millones de dólares. La buena noticia es que el consumo de cocaína en Estados Unidos ha disminuido: en 2008 había alrededor de 7, 097,000 de personas que consumían cocaína, en contraste con los 5, 690,000 que son ahora. Con el cannabis sucede lo contrario, en 2008 había un total de 30, 600,000 consumidores con 32, 520,000 consumidores en 2011.
Educación
“...porque aquello que no se tiene o no se sabe, no se puede dar a otro o enseñárselo a tercero”. Platón, El Banquete.
La salida a largo plazo para prevenir que más y más jóvenes se unan a las filas del crimen organizado es la educación: hacerles saber que mediante el trabajo prolongado los resultados vendrán. No se trata de ofrecerles un mercado laboral inmenso y lleno de trabajos millonarios pero darles un guiño de esperanza. No prometerles trabajo a todos pero sí igualdad de oportunidades: todos salimos del mismo lugar. Pero ni siquiera esto: requerimos más libertad. Sartori17 nos proporciona algunas respuestas: “Que la libertad no produce igualdad es exacto a condición de que se puntualice que no produce igualdad en resultado. Pero es inexacto si la tesis se convierte- tal y como sucede- en que la libertad no hace falta, que la libertad no ayuda. Los esclavos son iguales, igualísimos. Pero son esclavos. ¿Cómo es posible? Es la pregunta para la que el igualitario no tiene respuesta. Sin embargo la respuesta es evidente: los esclavos son iguales en esclavitud porque no está precedida y sostenida por la libertad. Por lo tanto, la libertad es el presupuesto de la igualdad”. Tenemos, entonces, que la libertad no producirá, por sí misma, igualdad en resultado, pero sí igualdad de “inicio”: nuevamente, todos empezarán del mismo lugar. No podemos dudar que el comunismo produce ciudadanos iguales, pero nunca libres, ¿por qué? Porque la libertad se encuentra sumamente restringida: en el momento en que uno sea más inteligente, fuerte, o con mayores virtudes, se le intenta eliminar, con base a una igualdad advenediza, que no debería estar ahí: no puedes ser superior porque somos iguales. Invirtamos la relación: en una sociedad libre no se busca la igualdad de resultados, sino el comienzo desde el mismo punto. Dependerá de cada uno a donde llegue. Que hay grupos minoritarios y con pocas oportunidades, sí, pero por eso hay un Gobierno: para que, a lo largo de la partida, aquellos que se encuentren en situación vulnerable sean empujados para sobresalir. Las escuelas públicas (buenas o malas eso no está a discusión ahorita) es un intento del Estado liberal de energizar las fuerzas horizontales de los ciudadanos para que estos crezcan. La educación es un intento de acabar con la mortal situación en la que nos encontramos: un interregno entre el futuro tranquilo pero el presente tenebroso. Rafael Macedo de la Concha, en un artículo para la revista Defensa Penal, muestra la importancia de la educación como forma de prevenir el delito: “La educación, debemos establecerle muy claramente, es un eje rector del desarrollo nacional. En los planteles educativos los ciudadanos nos preparamos para cumplir con nuestras responsabilidades, ya que las escuelas son fuente de conocimiento, espacio para el intercambio de ideas y un campo propicio para el desarrollo de la creatividad y de la imaginación”18. El sueño de Sartori oteado por un observador desesperanzado, cansado y harto: “El demócrata aspira a la integración social, el liberal aprecia la iniciativa y la innovación”.19 La educación como rendija que deja pasar la luz del sol: la afluencia de ideales galvanizados y protegidos por los ejes rectores de la educación y de la libertad.
El camino no es fácil: quizá nunca lo ha sido. México se enfrente a su más temible adversario; a una amenaza de mil cabezas; a un compromiso con nosotros mismos. Dejar a un lado el sub desempeño intelectual promovido por los acrónimos que nos proporciona la política. PAN, PRI y PRD. No basar el discurso en la galopante desinformación, pensar antes de hablar, acordar antes de actuar. Menospreciar los liderazgos vacios y acabar con los mensajes subrepticios: no propongo la eliminación de la política pero el ensanchamiento o acortamiento a sus justas proporciones. La sociedad juega un papel importante. Y lo vuelvo a repetir: estamos ante un conflicto de carácter moral y social. Si el vendedor de la calle sigue en la misma lógica subversiva de vender droga; si el universitario sigue comprándola; si vivimos enlodados en la iracundia partidista, difícilmente saldremos adelante. Estoy hablando, en este punto, de los que podemos hacer algo. Y somos la mayoría de nosotros. Hay situaciones límite, por supuesto: la pobreza que aliena y orilla al crimen, la falta de educación en lugares remotos, las crisis familiares, los errores, los tropiezos. Todo esto contribuye a que el crimen siga metiendo a sus filas a miles y miles de jóvenes. Pero no hay que culpar al destino. Nosotros somos más y, sin duda, más preparados. El estado comatoso de la República requiere la inyección del activismo y del pensamiento. Las reformas detenidas, el blanqueamiento de los criminales como las víctimas de guerra, la fornicación inaudita entre el combinado del Gobierno y la hechura espesa de los grupos delincuenciales, el compadrazgo moderno y el distraimiento supuestamente justificado de olvidarnos del presente, han contribuido a que estemos postrados. El narcotráfico es un fenómeno sumamente complejo, voluble, cambiante, que atiende a circunstancias preferenciales, de impacto de políticas públicas, de educación, de historia, de moral, de creencias, de una invisible línea diaria, de decisiones.
La verdad de las cosas es que nunca esperé descifrarlo en poco más de siete mil palabras. Pero tampoco nunca esperé sentado a que vinieran.
Citas.
1.- Duzán, María Jimena, Crónicas que matan, pág. 207,1994.
2.- Guerrero, Eduardo, Cómo combatir la violencia, diciembre 2010 pp.24-33.
3.- Lipovetsky, Gilles, La era del vacío, Anagrama, Colección compactos, Barcelona, Séptima edición, 2009pág 36.
4.- http://www.unodc.org/documents/data-and-analysis/WDR2011/World_Drug_Report_2011_ebook.pdf
6.- Duzán, María Jimena, Crónicas que matan, pág. 104,1994.
7.- Ríos, Viridiana, Revista Nexos, Febrero 2011 pp. 50- 52.
8.- Hernández, Anabel, Los señores del Narco, pág. 359, Grijalbo, 2010.
9.- Duzán, María Jimena, Crónicas que matan, pág. 293,1994.
10.- Duzán, María Jimena, Crónicas que matan, pág. 39,1994.
12.- Duzán, María Jimena, Crónicas que matan, pág. 327,1994.
13.- http://www.youtube.com/watch?v=wYo9iJd4WZE
15.- Villalobos, Joaquín, Nexos, septiembre 2010 pág. 10.
17.- Sartori, Giovanni, ¿Qué es la democracia?, Taurus, 2008, pág 224.
18.- Macedo de la Concha, Rafael, Defensa Penal, septiembre 2009, pág 62.
19.- Sartori, Giovanni, ¿Qué es la democracia?, Taurus, 2008, pág 240.