miércoles, 30 de noviembre de 2011

Simplificación

“El escollo referido se hace consistir en que el positivismo puro se presenta como aséptico, autosuficiente, ajeno a toda ideología…”

Valores éticos en la jurisprudencia fiscal mexicana, Eugenio Castellanos Malo

Introducción

Reglamentos, leyes, Constitución, excepciones, porcentajes, declaraciones anuales, visitas domiciliarias. La fragmentación de la normatividad fiscal ha provocado un desgarramiento en el intento del ciudadano común, inexperto (en palabras de Tipke) de explicarse las normas fiscales por sí mismo, teniendo que recurrir a abogados fiscalistas o contadores públicos para su correcto entendimiento. “El contribuyente ordinario no comprende las leyes fiscales que le afectan. Jo entiende el contenido de sus propias declaraciones fiscales y afirma solemnemente, según el impreso, que ha declarado verazmente, según su leal saber y entender[1].” Comúnmente se escucha en los medios de comunicación la injusticia proveniente de dos vertientes que tienen su explicación en un mismo punto nodal: la falta de moral ciudadana por no ver en el pago de impuestos mejoras sustanciales en eventos concretos, como mejores carreteras, alumbrado público o niveles de educación según la última prueba de ENLACE[2]. Esto, sin embargo, se convierte en un círculo vicioso: al no aceptar la contribución voluntaria como desarrollo, el Estado mexicano carece de ingresos y, por lo tanto, de la oportunidad de mejores opciones en infraestructura o activos intangibles para el futuro. Esto es un problema de desconfianza.

La segunda vertiente proviene de la poca capacidad del Estado (no solamente en su rama fiscal sino por la misma actividad democratizadora) para recaudar y evitar beneficios fiscales desproporcionados a los grandes conglomerados. Es simplemente imposible revisar con la misma minuciosidad a todos. Esto es un problema de eficiencia. El punto de arranque al que hicimos referencia es, nada más y nada menos, un asunto de entendimiento del porqué pagar impuestos, un asunto de moral. La inflación legislativa y las constantes enmiendas y parches a un sistema obeso, provoca que el Estado, de por sí impersonal, resulte afectado por la poca conciencia y vinculación del ciudadano al pago de impuestos. A nadie le gusta dar su dinero, esto es obvio, pero podría mejorarse la obtención de impuestos a través de un sistema amable y de leyes claras, que permitan entender y mantener el hilo comunicante entre los impuestos y un mejor desarrollo.


Klaus Tipke, en su libro “Moral tributaria del Estado y de los Contribuyentes”, al referirse a la carencia en la moral legislativa, descubre un comportamiento explicable, en parte, por la misma actividad política: la gestación de promesas para atraer el voto se ha basado en reducciones fiscales o beneficios fiscales, pero nunca en la simplificación de trámites o leyes engorrosas. Por medio de la reducción de leyes, explicaciones y encuadramientos sustanciales y mejores, se promoverá la transparencia, la declaración de impuestos sin necesidad de expertos y una mejor justicia tributaria, al engullir los complicados trámites y las leyes inentendibles. No se busca el comienzo de un nuevo lenguaje fiscal, pero sí mejores términos para zafarnos de la idea que un Derecho Fiscal o Administrativo sumamente especializado sea necesario.

2.- El impuesto sobre los tontos o la ley transparente.

Klaus Tipke señala que el impuesto sobre los tontos es, básicamente, falta de asesoramiento fiscal. ¿Cómo evitar que se vulnere, no ya el principio de capacidad económica proveniente de la ignorancia fiscal y ni siquiera el principio de igualdad, sino la capacidad fáctica, monetaria, del contribuyente frente a uno con más recursos? He ahí el meollo del asunto. Algunos pueden argüir, y con razón, la carencia del Estado en permitir a sus contribuyentes una mejor situación económica. Nos encontramos aquí en terrenos que no pisaremos: desde el principio de igualdad como manera de permitir el acceso a mejores fiscalistas hasta políticas económicas podrían darnos la respuesta. Se han escrito tratados para mejorar la capacidad económica de los habitantes de un país. Los medios con los que dispone el contribuyente tampoco han sido suficientes, pues la experiencia demuestra que pugnar frente a tribunales fiscales algún impuesto o proponer a través de nuestros representantes alguna mejora ha resultado en una tarea fallida. Lo primero debido a la solidez de un marco conceptual y jurídico muy aceptado (Klaus Tipke menciona la inmunidad de ciertos impuestos por encontrarse en los artículo 105 y 106 GG. De la Constitución alemana[3]) y lo segundo por las negociaciones políticas que la mayoría de las veces termina en una vaga, cobarde o inútil decisión.

A partir del nacimiento del Estado de Bienestar, los gastos públicos se han incrementado de manera importante: “El Estado no se concreta solamente a la seguridad interior y exterior y a la impartición de justicia; dejar de ser un Estado abstencionista, para convertirse en uno intervencionista, puesto que asume la tarea de llevar a cabo una política económica-social, planificadora y socializante[4]”. Tipke también lo menciona, “… ¿qué sucede cuando la imparcialidad en el gasto se convierte en desvergüenza; en un desvergonzado derroche de la recaudación tributaria? En la realidad, el parlamento había pasado de ser un freno, a actuar durante decenios como un motor del gasto[5]”. Así como el gasto se ha incrementado, las leyes fiscales también. Ahora tenemos un sinnúmero de normas que regulan muchos supuestos de hecho o violaciones a la norma. Esto ha contribuido a la opacidad fiscal. Aunado a esto, el lenguaje fiscal resulta poco claro.
La solución al problema reside en la simplificación. Por medio de ella el ciudadano común y corriente podrá hacer su propia declaración y, más importante, hacerla, permitiendo que el Estado se dedique a perseguir a los grandes evasores fiscales, y no tenga necesidad de distraer recursos y capital humano en la búsqueda de pequeños evasores. No se nos escapa el hecho de que el Fisco, de por sí, persigue a los grandes evasores[6].

 Aún así, sería benéfico el pago generalizado de impuestos. Además, esto permitirá que el círculo de confianza no se rompa: a mayor recaudación más impuestos y, a mayores impuestos, más desarrollo. Esto, sin embargo, no se cumple de manera inmediata: el desarrollo de un país tiene que ver con un sinnúmero de factores, y no solamente por tener más dinero que gastar. El gasto, por cierto, es otra historia: cómo se haga dependerá de la clase de personas que estén en el poder. Pero imaginemos un Estado responsable en el gasto.

Esta propuesta (la simplificación) resulta provechosa para la comprensión de todo el sistema fiscal sin necesidad de explicaciones confusas o, peor, falsas. El ciudadano que ve y entiende la legislación fiscal y sus consecuencia prácticas (nuevamente, un mejor desarrollo) paga más impuestos, pues se ven reflejados en lo concreto. Cuando entendemos de manera clara las consecuencias de un hecho, las aceptamos como lógicas: cuando entendemos el porqué de las normas fiscales, aceptaremos la recaudación. También, la simplificación fiscal y un mejor arreglo normativo harán que no se vulnere el principio de capacidad económica. Me estoy refiriendo, por supuesto, al impuesto sobre los tontos. Así, los ciudadanos evitaran pagar más de lo que les toca. Sumado a esto, la difusión por parte del Gobierno de un discurso generalizado y una cultura fiscal necesaria sería una buena estrategia para aumentar el pago de impuestos.

Hemos sido demasiado complacientes con los ciudadanos y poco comprensivos con el Estado: la riada de conductas inmorales en relación al pago de impuestos por parte de los contribuyentes prende una alerta que es necesario acallar. No es solo que las leyes deben de ser más claras: los ciudadanos deben respetar el mandato constitucional. ¿Cómo lograr esto? Una posición eclética y prudente nos diría que los resultados obtenidos de un gasto responsable contribuirán a una mejor recaudación. Es decir, el primer paso lo tiene que dar el Estado. Pero la realidad demuestra lo contrario: el sonado caso del endeudamiento del Estado de Coahuila (y otro muchos ejemplos de corrupción) nos hace dudar de un Estado honesto. La relación tiene que ser recíproca, respetando, sí, el principio de capacidad económica pero también la deuda ciudadana frente al Estado: la entrega del impuesto para diluir la responsabilidad del ente público frente a nosotros.

Conclusión

En democracia se busca la participación de todos. Antaño, un único centro de poder (el monarca) establecía los dictados que había que seguir. Ya no sucede esto. Ahora se busca la igualdad de todos ante la ley. Las propuestas hacia una recaudación eficiente han caído en oídos sordos, no solamente por parte de nuestras autoridades sino por parte de los ciudadanos. La simplificación fiscal nos ayudará a minimizar los rudos efectos de la falta de confianza y de la vulneración de la falta de capacidad. El efecto de los free riders, contribuye al desprendimiento del principio de capacidad económica y al tablado endeble que nos sostiene: los pocos pagan mucho y los muchos poco. Vivimos en un sistema fiscal parasitario y abocado a encontrar resquicios legales para una evasión legítima, sí, pero que no advierte los peligros de los beneficios fiscales, pues la equivalencia entre estos y la poca contribución no subsana las millonarias pérdidas. Si los ciudadanos, por medio de leyes claras y fáciles, entendieran que una recaudación abultada conduce a mejores resultados, la fantasía del Estado Benefactor sería una realidad. Pero el primer instrumento, como lo mencionamos, lo tiene que tocar el Estado: la moralidad de las promesas políticas y legislativas deben de residir en un espacio de responsabilidad, y no en un vacío ético que transita por caminos tersos y pueriles, o barrancos profundos y peligrosos. No se ve clara la salida, y es que la moral tributaria del Estado y de los contribuyentes sigue siendo, me temo, una ilusión: la utopía de Tipke.



[1]  Tipke, Klaus, Moral tributaria del Estado y de los contribuyentes, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A. Madrid, 2002, Barcelona.
[3] Tipke, Klaus, Moral tributaria del Estado y de los contribuyentes, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A. Madrid, 2002, Barcelona, pp. 142, 42, 47, 48, 53, 101.
[4] Compendio de Derecho Administrativo, Delgadillo Gutiérrez Luis Humberto y Espinosa Lucero Manuel, Editorial Porrúa, 2008, pp. 5-6.
[5] Tipke, Klaus, Moral tributaria del Estado y de los contribuyentes, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A. Madrid, 2002, Barcelona, p 106.
[6] Tipke, Klaus, Moral tributaria del Estado y de los contribuyentes, Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A. Madrid, 2002, Barcelona, p 95

domingo, 27 de noviembre de 2011

Déjame te cuento algo

Por Guillermo Fajardo

Iré directo al grano: no me gustó el discurso de Vallejo en la FIL. El día de ayer tuve una discusión electrónica con un compañero el cuál veía en las palabras del escritor una pasmosa y profunda elucubración política. Yo sólo veo simpleza. Un mensaje tosco, trillado, sin una idea de fondo original. Si sus tres mandamientos llevan cargados el virus de la inteligencia que alguien me explica dónde está. Veo poco en su mensaje y mucho en su estrategia: comenzaré a leer muy pronto La virgen de los sicarios. Pero el punto toral de lo que dijo reside en que entubó y abrió la manguera para dejar escapar el líquido hacia un solo lado: no voten (¡para qué!), no se reproduzcan (no sé qué decir, ¿qué digo?) y respeta a los animales (comparando a uno con Fox). Nunca me han gustado las críticas simples, que no proponen. La alternativa a algo como propuesta es mucho mejor.
Vallejo viene a confirmarle al ciudadano de a calle lo que se respira en el aire: no vengas a votar que todos son lo mismo. ¡Vaya pensamiento del gran escritor del mundo hispano! ¡Qué elocuencia, qué delicadez, qué originalidad! Sus narraciones serán excelsas, pero le sucede lo mismo que a Fuentes: sus opiniones políticas son en extremo trasnochadas. Qué bueno que opine, vivimos en un país democrático. Qué bueno que alce la voz y critique, vivimos en un país donde se respeta la libertad de expresión. ¿Pero no votar? ¿Entonces qué hay que hacer? Es mediante el voto donde se equipara la fortuna de la libertad y la conquista de la igualdad. ¿No votar? ¿En serio? Si tenemos a los mismos gobernantes es porque el ciudadano no quiere informarse. ¿Qué me dicen que, después de saberse de la deuda de Moreira su hermano queda como Gobernador? ¿No quieren a esos gobernantes? No voten por ellos.

Si estuviera escuchando a cualquier otro ciudadano, sin un título que lo acredite como uno de los grandes escritores, no me sorprendería porque no esperaría de él más de lo que es. Pero de Vallejo sí esperaba más. No me lanzo a escribir contra él por su crítica, sino porque ésta es muy tonta, muy simple. Me pregunto qué pensaría este inquietante, inteligente y profundo hombre de estado si algún político saliera a decir que no lean. ¡Qué Dios nos agarre confesados! Vallejo califica a todos los políticos de “aprovechadores públicos”, inflamando la mente de sus lectores para arrojarse contra ellos como inquisidores que exigen ver traslúcidos a sus gobernantes: desde su vida privada hasta su rutina. Su corta pero sesuda clasificación política deja corta a la de Aristóteles: además de aprovechadores públicos tenemos… ¡atropelladores públicos! Sorprendido, busqué en todos lados pero no encontré tal definición. Algunos son despreciables, sí, pero su discurso bobo polariza lo que debería enmarcarse en el diálogo: así como la espina dorsal de la democracia no es la exclusión ni la toma de bandos, pero la inclusión y la acción centrípeta de la unión, la literatura no es el lugar de la irresponsabilidad y la locura. Vallejo está ciego. Se parece a la campaña de Xavier González Zirión cabalgando en la intolerancia al grado de decir: no tenemos empacho en decir groserías porque estamos hartos de los políticos. Nuestra posición moral como ciudadanos está por arriba de la suya como servidores públicos. Solo nosotros dictamos cátedra. Solo nosotros nos subimos al púlpito. Solo nosotros agarramos el micrófono. Solo nosotros podemos aleccionar. Estos dos genios viven pertrechados con la pandilla de los virtuosos queriendo espantar a la camarilla de los bandidos.  

Dice que el Presidente es indigno de su cargo. Otra vez lo mismo: la labor del escritor no es estar indignado sino alerta. Que proponga, a través de su narrativa, alguna u otra solución (si la tiene que alguien me lo diga y de antemano me disculpo por mi ignorancia). Pero Vallejo está cómodamente escondido tras bambalinas esperando que sus lectores le aplaudan. Será Fox un hombre despreciable, ruin y tonto. Pero no bajemos el discurso para decir que es un animal. ¿Un hombre de letras insultando a alguien de esa forma?
Para culminar sus magníficos y sabios pensamientos que, a mí, por su radicalidad y simpleza, me parece que los podría enunciar alguien de 20 años, el escritor se lanza contra la iglesia. Una de las instituciones más calumniadas por algunos porque ven en ella los resabios que fueron y los errores que son, pero no el sostén moral que a millones les da esperanza.

Tienen bastantes cosas reprochables. Demasiadas para pregonar que Dios es misericordioso. La iglesia, y hay que decirlo, es una escuela de sufrimiento terrenal. Aclaré esto para que no vayan a ladrar como perros, a sacar la lengua como víboras o cagar como cerdos (estoy imitando el lenguaje del escritor, por si no se habían dado cuenta, que en tan alta estima tiene a los animales).
Dice: La iglesia defiende un óvulo fecundado por un espermatozoide, pero sí permite que acuchillen a las vacas y a los corderos que sí tienen sistema nervioso, ahí si no levantan la palabra: si ha habido una empresa bien criminal en México es el cristianismo” Equiparar el óvulo (una futura vida humana) con una vaca es simplemente decepcionante. Esperaba más de Vallejo. Estoy realmente triste no porque sus palabras me parezcan falsas, sino porque no propone nada más. ¿En serio este debe de ser el arquetipo del escritor? ¿Pues qué pasa? Fuentes aplaudiendo a una izquierda que se desmorona, Vargas Llosa diciendo que el PRI fue la dictadura perfecta, Vallejo diciendo que todos los políticos son la misma mierda. Sigue resonando en mi cabeza el hecho fatídico de estar presenciando los albores de la estupidez, sin una propuesta que nos pueda levantar la cabeza después de la tan ansiada Revolución. Vamos a estarle aplaudiendo a los escombros, para después vivir entre ellos.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Lo que no aprendí de la vida.


Un hombre que añora a su esposa, una esposa que lamenta la chifladura de su marido, la iguana Zapata, un gato impertinente y el payaso Ronald McDonald se dan cita en esta novela, donde es difícil distinguir la realidad del delirio. A través de las más audaces técnicas narrativas, Guillermo Fajardo nos involucra en un ejercicio de imaginación que, a la manera de Murakami, no da tregua al lector, sino hasta que éste ha concluido la última página de Lo que no aprendí de la vida, un texto que anuncia a una de las promesas más firmes de la narrativa mexicana.
Gerardo Laveaga



Los últimos versos que te escribí.


Mi novela estará en la FIL de Guadalajara. La edición completa saldrá en unas semanas más.


AGAVE, narrativa joven mexicana

Colección general de narrativa para primera o segunda obra de autores mexicanos menores de 35 años, concebida como tributo y apuesta por la literatura de México que dará de qué hablar en el futuro.

5. GUILERMO FAJARDO, Los últimos versos que te escribí

Primera edición: octubre de 2011, 220 ejemplares.
Imagen de portada: ©Anatoly Repin.
Formación editorial: Irma Martínez Hidalgo.
Número de páginas: 260.
Ejemplares en la FIL: 20.
Precio de lista: 180 pesos.
Precio en la FIL: 125 pesos.


Un seminarista vuelve de Roma a la ciudad de México para asistir al sepelio de su padre y para reencontrarse con un pasado que le deparará terribles sorpresas. Así da inicio este entramado complejo de re­flexiones sobre Dios y la vocación política, el oportunismo cínico, las clases sociales, el amor, las contradicciones de la existencia, el destino. En “Los últimos versos que te escribí” van entrando una tras otra las sorpresas: la mujer que el seminarista alguna vez amó y a la que todavía ama se ha convertido en prostituta; el padre del muchacho le ha dejado como herencia una casa en Cuernavaca y el negocio que ha sido el secreto y más firme pilar de la desahogada posición social y económica de la familia: dos casas de citas. Y luego, varios amigos –entre ellos su antigua novia (y ahora prostituta)- y la que fuera su maestra de filosofía, son parte de una red de intereses destinada a descubrir el destino y la localización de un misterioso documento; y su verdadera madre, perdida, está encerrada en una horrenda y misteriosa cárcel debido al insulto proferido al presidente de la República, y a que su ambiciosa abuela teme que sus perniciosas ideas liberales puedan contagiar a su bondadoso hijo. En cuanto al misteriosísimo documento que tantas desgracias provoca, ¿qué contiene? De verdad sorprende averiguarlo…

domingo, 20 de noviembre de 2011

Improvisación

Por Guillermo Fajardo
El partido de derecha se encuentra nadando entre las tumultuosas aguas de la derrota y las lejanas olas de la esperanza. Flotan con un dispositivo que les permite presentarse aún con vida: el futuro. Pero el PAN, hoy día, es un desastre. La volatilidad en el gabinete y la inaudita mala suerte en la Secretaria que debía de conducir la política contra el narcotráfico del Presidente Calderón, ha mutado en un lugar donde la única puerta que sirve es la giratoria: unos van y otros salen. De nada sirven las explicaciones en torno a los accidentes mecánicos o fallas que a nadie le importan. Porque el meollo del asunto resulta ser la poca previsión y el mal mensaje que se manda: ¿para qué arriesgarse a volar con niebla? Si esa es la clase de decisiones que se toman en torno a un Secretario, mucho me temo que la estupidez que nos rodea es mucho más espesa de lo que pensábamos. Y es que los hilos se tiñen de conspiración a fuerza de explicar lo que sucede. Resulta (dicen los paranoicos), entonces, que no fue un accidente sino un ataque.
En Michoacán parecía que Cocoa Calderón y el simbolismo propio del Estado le restarían fuerza al PRI. No fue así. De nada sirvió el apellido, la ingente cantidad de recursos vertidos y ni siquiera que fuera Michoacán. Hoy día el PAN es un desastre. Se ha comprobado lo que apenas se respiraba y lo que a ratos se insinuaba con las suposiciones propias de los profetas: que el partido de derecha se ha auto promovido una derrota cultural. Es que se esperaba tanto del cambio. Es que se imaginó tanto del azul. El partido ciudadano como real fuerza opositora se ha difuminado. Quedan, ¡y en apenas once años! Los resabios y  las malas costumbres. Los futuros votantes que no conocieron las tropelías del PRI quieren darle su oportunidad. No solo ellos: toda la democracia. Por eso Moreira saldrá impune; por eso Mario Marín; Ulises Ruiz y Fidel Herrera se ríen a sus anchas. La sociedad quiere verlos llegar: prefieren la eficacia depredadora a la honestidad amable. Mejor los gritos de orden a las súplicas de silencio. El regreso del orden por un poco menos de democracia.

Y como si los problemas fueran pocos para el PAN, llega López Obrador para pavimentar un buen tercer lugar a su partido. El discurso panista se moverá entre acariciar las palabras dualistas del 2006 entre el peligro que es AMLO y el tradicional párrafo abocado a descubrir el monstruo inmoral que es el PRI.  La izquierda es un desastre. Si acaso ha funcionado en México, fue justo el día de la creación del PRD y nada más. Cuauhtémoc Cárdenas y López Obrador han resultado ser el péndulo que guía al partido. Triste conclusión: la izquierda, el futuro de muchas democracias en el mundo, en México ha sido arrastrada por dos liderazgos incondicionales que poco han podido hacer por el partido. Pero al PRD se le ve cómodo: mientras el Distrito Federal sea suyo las cosas irán a buen puerto.
La llegada de Poiré a Gobernación no suaviza las cosas: ¿qué acaso no hay más funcionarios capaces? ¿No hay alguien con más presencia, más estatura, menos golpeado? La lealtad presidencial ha quitado votos. Hoy, más que nunca, el recelo de no ser azul cierra muchas puertas. El Presidente no quiere compartir el poder y no por una obvia independencia de Los Pinos hacia fuera, sino por una extrema adhesión hacia el pasado: solamente los quiere incondicionales. A Calderón, ni modo, le recordarán los muertos. La infraestructura, la recaudación fiscal o el seguro popular serán sombras de la sangre: suspiros de vidas apagadas de pronto o fracaso cultural que ya se respira y se siente. El PAN, ni modo, es un desastre.

domingo, 6 de noviembre de 2011

¿Alguien tenía que decirlo?

Por Guillermo Fajardo

“Más ciudadanos, menos políticos”. “Basta de mordidas”. “Queremos un transporte público decente”. Propuestas razonables aunque no pensadas. Emocionales y atractivas. Incendiarias y aplaudidas. Colgando en espectaculares en Periférico y en alguna gran avenida, la cara borrosa de una persona (Xavier González Zirión) que antes se veía completamente aséptica y limpia, pero que debido a un giro en la estrategia comercial pasó a colapsar la nitidez para darle la bienvenida a la borrosidad: el protagonismo no era muy bueno, al parecer. Pero, ¿cuál es el mensaje? Uno sencillo: no importa de quién se trata, ese ciudadano puedes ser tú. Eres tú. Pon tu cara ahí. Nos encontramos recorriendo los linderos de los sueños y pasando, sin ni siquiera olerlo, el tufo de la radicalización. Vuelta a la esencia democrática en un sistema ocupado hasta el tuétano por oportunismos. Volveré a repetirlo con el peligro de ser aburrido: no necesitamos proyectos salvadores; tampoco dioses del espectáculo democrático que vienen a señalar culpables y ni siquiera la inmersión de las propuestas necesarias en la cabeza de nuestros congéneres. Necesitamos una sociedad decente. Necesitamos respeto. Conocer al ciudadano de al lado y verlo como tal. Pero de pronto, en medio de la maraña política que nos espanta entre precandidaturas y partidos políticos, aparece un grupo de “vecinos” (buena elección de palabras: vecino suena y sabe a alguien cercano) que están “hartos de promesas incumplidas y de políticos que no ven por los ciudadanos, sino por su carrera política”. El simplismo haciendo mella en la inteligencia; la estupidez horadando la memoria; la saliva asfixiando el discurso. Nuevamente, los políticos, los diablos, las trampas que son signos colectivos de perversión y engaño. Y ahí están ellos, los ciudadanos, los grandes visionarios que permitirán la entrada de la tolerancia y de la modernidad en un país calificado y advertido desde su pasado y su historia como una nación insegura, llena de trampas, al borde del suicidio y tocándose los huesos.

Xavier González Zirión y sus huestes rasgándose el corazón por la promoción política y acabando en una frase con el debate horizontal y respetuoso (“estamos hartos, que no dudamos en recurrir a palabras altisonantes para quejarnos de todo lo que está mal”). Los buenos vecinos tomando bandos y ejecutando en la imaginación a sus servidores públicos. Enturbiando el aire. Ennegreciendo el lugar. Imponiéndose moralmente. La ficción del Mesías. El maquillaje superpuesto a las ideas. Tenemos a los nuevos justicieros recurriendo a la grosería, la altanería y la altivez para gritar lo que no les parece. Y nuevamente, el peligro de la ciudadanía: el infantilismo democrático de creer que sin políticos estaríamos mejor; que la raíz del problema radica en la promoción política de Ebrard y del PRD. Avizorando desde el principio lo que en el Distrito Federal está mal (los políticos, ¡qué conclusión tan bien pensada!) el movimiento cojea porque se creen indispensables y sufre de miopía porque se creen visionarios. Las tuercas que inician los cambios no radicalizan los conflictos ni polarizan los bandos. Las ideas que permiten avanzar no están torcidas ni andan sobre las gibas de las que no las pueden cargar, ni tampoco en las bocas de quienes no las saben expresar. Debemos avanzar de la mano. Ciudadanía y servidores públicos pensando lo que necesitamos y respirando lo posible. Pero un movimiento que pintarrajea el diálogo de un solo color no merece ser escuchado. Y menos si tienen que recurrir a groserías para hacerse escuchar. Y menos con espectaculares en Periférico obstruyendo nuestra visión y contaminando con grandes cantidades de tinta. Menos con un Mesías constipado de la nariz al no saber oler y ni siquiera prever que la solución para contrarrestar los malolientes gases de la desgastada conducción política provienen de un amplio pacto, y no de unos bienintencionados vecinos. Segar la hierba y encontrar las semillas debería ser tarea de todos. Manejar la hoz es también saber compartirla.