domingo, 8 de mayo de 2011

Aplaudir y dar

Por Guillermo Fajardo

¿Cómo se define un santo? ¿Cuál es la característica que asombra y logra perfeccionar su imagen? ¿Es la humildad? ¿Es la generosidad alargada al extremo de incluir a todos? ¿Es la capacidad para ser un líder y repartir versiones celestiales de moral? ¿O el ponderar su santidad contra sus errores? ¿Aceptamos que también cayeron en tentaciones o qué desde siempre fueron abrazados por Dios? La beatificación de Juan Pablo II no fue una fiesta de santidad algo patética sino –aunque suene paradójico- una monstruosidad estéticamente bien lograda: se olvidaron los errores –o el único error- para dar paso a una historia de amor, de humildad y liderazgo. El Papa que más visitó también ignoró. El que abrazó a todos también abrazó a Maciel. El que daba sermones de santidad se tapó los oídos ante las demandas. ¿Habrá también ponderado el mal de Maciel contra su gran obra? Proceso señala que Gregorio Lemercier –“introductor del psicoanálisis en los monasterios benedictinos de México, fundador del Centro Psicoanalítico Emaús…”- ya había advertido al Vaticano, desde 1959, que Maciel era “un homosexual psicológico; que no ha llegado a actos homosexuales, pero toda su sicología, todo su carácter, todo su temperamento es de un homosexual: duplicidad, megalomanía, mentiras, mitomanía…”. Parece que el único óbice para impedir la beatificación de Juan Pablo II sería su relación con el fundador de los Legionarios. Pero se olvidó, de pronto, que los crímenes también son de los cómplices, de los que aceptaron sin dudar, de los que consintieron sin actuar. No busco caer en el pensamiento conspirador que cree que todos son parte de una gran trama. Pero ahí está la duda: ¿basta plantarla para detener un proceso que está empapado más de la súbita emoción que de una investigación o, al menos, de un tiempo para reflexionar? El problema no es la beatificación sino la apología de su papado al extremo; la corta visión al dejarse llevar por la negativa a escuchar; los golpes de pecho y las manos que señalan la obvia santidad. ¿Cuántas duda hay que sembrar para saber si alguien puede ser considerado beato? ¿Importa el número de jóvenes abusados? ¿Importa el crimen, el pecado, o hay grados de santidad? ¿Hay que investigar para purificar o el asiento fáctico de su santidad es algo que se puede oler, palpar y sentir? Juan Pablo II fue lo más parecido a una estrella de pop, y no por la cantidad de gritos o lágrimas que logró sacar sino por la cantidad de popularidad que tuvo. Se aprovechó también de su propia reformulación de las reglas: eliminó el abogado del diablo en los procesos de canonización. Nadie niega su magnífica obra, su excelencia como ser humano, su política de virtud. Pero los que creemos en la duda también creemos en la reflexión. ¿Cuántos errores se permiten tener para ser un santo? El martillo que golpea las paredes del Vaticano debe ser uno de prudencia. No para asestar un golpe mortal a su santificación sino para hacerla con reservas, y no por falta de bondad sino por exceso de pasividad. Ratzinger vino a limpiar la casa, a espantar a las moscas y soplarle al polvo. La cadena de desvergüenza se rompió ahí: Marcial Maciel recluido fue –pensamos algunos- el momento en que se decidió la suerte de Wojtyła. Pero Dios tenía otros planes. Quizá la prueba de que Wojtyla es un santo es su sorpresiva beatificación; el enamoramiento –igual que el de Maciel- que aleló a la mayoría; la entusiasta participación de todos. ¿Sabremos algún día si fue cómplice o si fue engañado? ¿Comprenderemos sus motivos en caso de ser así? ¿La santidad salta la valla de lo humano para instalarse en un mundo que no podemos comprender? Si los caminos de Dios son inescrutables las acciones humanas parecen desplegarse desde y para siempre por razones también humanas. Entonces es fácil encontrar una justificación para no aplaudir ni conceder: aquella foto famosa no era solamente el abrazo de dos amigos; de dos líderes católicos señalados desde arriba; de dos mentes que confluyeron en un proyecto totalizador, sino la constatación obvia de que sus respectivas beatificaciones estaban acabadas. Se creyó que la carrera al cielo de Wojtyla estaba pulverizada. Qué las sucesiones interminables de segundos y de horas darían razón a los escépticos. No fue así. La emoción negativa y realista cedió ante el milagro. Esta vez ganó Dios. 

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