sábado, 28 de mayo de 2011

Pasos de anormalidad

Guillermo Fajardo.

Hay algo que huele mal. Una confusión que se encuentra en el aire no como síntoma de discusión para el progreso pero como espectro morador que quiere seguir arrastrando las mismas cadenas. Una mordida de veneno que recorre la sangre que se supone debería oxigenar al cuerpo. El partido de siempre comprando el voto. El partido de siempre exagerando a sus candidatos: a un Gobernador que no tiene un ápice de inteligencia; a un líder del Senado autoritario; a un líder nacional al que le aplauden como monos su pasión por un debate superfluo y populachero; a un sinfín de Gobernadores endeudados que piensan que la rendición clara de cuentas no va con ellos; a un secretario de finanzas que puede desviar 800 millones de pesos sin estar en la cárcel. Esta es la normalidad democrática del PRI. Privilegios que pernoctan todos los días desde la intención de mantenerlos vivos. Acciones que ya no horrorizan pero que arrancan sonrisas que presagian lo inevitable: poco a poco nos va uniendo la desgracia.

 Luego, una sociedad poco informada y abocada a reducir la política al mínimo. Espacios de personalización que se abren como boquetes y heridas que sangran: cada quién a lo suyo: la política es despreciable porque no tiene nada que ofrecer. Es un invento extraño del hombre eso de la democracia. Basta ver la poca información y lo extremista o lo reaccionario de las opiniones al leerlas bajo el anonimato que ofrece la red. Milenio, El Universal, Excelsior y Reforma ofrecen este servicio. En él, podemos ver las falsas convicciones de una población alimentada por los medios que les retribuyen a través de sus palabras lo que ellos mismos (los medios) les dan: círculo perverso porque la ruptura a este vicios está en la misma persona: en su voluntad para pensar más allá. Los comentarios iracundos de los internautas son resultado del forcejeo que existe entre  la realidad y las promesas de la democracia. Vivimos en una sociedad violenta pero cobarde. Nos excusamos ante las lagunas de la ley y la invocación hasta el hartazgo de nuestra poca responsabilidad. La moral como obstáculo que se interpone entre nuestros deseos. Los hueseros que deberían aliviar el dolor de las articulaciones en política son herramientas bien aceitadas para la formación de mitos.
 Por otro lado, tenemos un partido en el Gobierno Federal que minimiza el impacto que podría tener. El PAN no sabe como presumir sus logros. Poco a poco todo eso permea a los histriones que exageran las virtudes y reducen los efectos de lo dañino: la compra de votos entre la población es algo normal porque es realizable. ¿Decir que es exclusivo de un partido? Nunca. ¿Decir que debe ser así y alzarnos de hombros ante lo inevitable? Tampoco. Videgaray salió a decir que es normal premiar el voto. Lo peor es que se ve a este hombre como uno de los más lúcidos dentro del PRI. Estoy seguro que reduciría al mínimo el impacto que tiene coaccionar a una persona para salir a votar por alguien a quién ni conoce ni le importa. Eso, en derecho, anula contratos y testamentos. La voluntad libre es un principio intocable que en política sufre de la prolongación infinita al futuro. Cosa distinta es la negociación: en esta se deberían premiar las ideas y no los votos, la lealtad y no las alianzas frágiles. En la negociación ambas partes están en igualdad de circunstancias porque hay algo que ofrecer, en la compra, en cambio, uno da y otro baja la cabeza. En la compra si no quieres ayudar no importa: hay otros que se prostituyen.
Hablamos de una sociedad democrática como si las palabras bastaran. Hablamos de progreso como si la visita del candidato a una población espantara a las moscas. Creemos que comprar votos es normal porque todo mundo lo hace. Entonces llegamos a vivir en una cómoda posición en donde todos somos culpables y la culpa se diluye. Llenos de pánico asistimos al espectáculo de lo risible para después dar paso al absurdo y al vacío. La crítica mordaz encuentra su culmen en el espacio mexicano. Nos mofamos de quien nos gobierna pero no de quien es ingenioso para burlar la ley. Nos parece síntoma de salubridad que las cosas sigan más o menos su rumbo. El PRI actual no tiene absolutamente nada que ofrece. Piensen en el Gobernador de Oaxaca, de Puebla o de Veracruz. En los discursos rimbombantes y graciosos de Moreira. En los sindicatos que ellos mismos crearon. En la unión entre una bonita sonrisa y un liderazgo que se cae a pedazos en el Estado de México. Hay que captar la esencia de lo irreal para comprender que las instantáneas tomadas no comparten con nosotros todas las siluetas: son apenas imágenes borrosas de un paraíso que no hemos descubierto.

domingo, 8 de mayo de 2011

Aplaudir y dar

Por Guillermo Fajardo

¿Cómo se define un santo? ¿Cuál es la característica que asombra y logra perfeccionar su imagen? ¿Es la humildad? ¿Es la generosidad alargada al extremo de incluir a todos? ¿Es la capacidad para ser un líder y repartir versiones celestiales de moral? ¿O el ponderar su santidad contra sus errores? ¿Aceptamos que también cayeron en tentaciones o qué desde siempre fueron abrazados por Dios? La beatificación de Juan Pablo II no fue una fiesta de santidad algo patética sino –aunque suene paradójico- una monstruosidad estéticamente bien lograda: se olvidaron los errores –o el único error- para dar paso a una historia de amor, de humildad y liderazgo. El Papa que más visitó también ignoró. El que abrazó a todos también abrazó a Maciel. El que daba sermones de santidad se tapó los oídos ante las demandas. ¿Habrá también ponderado el mal de Maciel contra su gran obra? Proceso señala que Gregorio Lemercier –“introductor del psicoanálisis en los monasterios benedictinos de México, fundador del Centro Psicoanalítico Emaús…”- ya había advertido al Vaticano, desde 1959, que Maciel era “un homosexual psicológico; que no ha llegado a actos homosexuales, pero toda su sicología, todo su carácter, todo su temperamento es de un homosexual: duplicidad, megalomanía, mentiras, mitomanía…”. Parece que el único óbice para impedir la beatificación de Juan Pablo II sería su relación con el fundador de los Legionarios. Pero se olvidó, de pronto, que los crímenes también son de los cómplices, de los que aceptaron sin dudar, de los que consintieron sin actuar. No busco caer en el pensamiento conspirador que cree que todos son parte de una gran trama. Pero ahí está la duda: ¿basta plantarla para detener un proceso que está empapado más de la súbita emoción que de una investigación o, al menos, de un tiempo para reflexionar? El problema no es la beatificación sino la apología de su papado al extremo; la corta visión al dejarse llevar por la negativa a escuchar; los golpes de pecho y las manos que señalan la obvia santidad. ¿Cuántas duda hay que sembrar para saber si alguien puede ser considerado beato? ¿Importa el número de jóvenes abusados? ¿Importa el crimen, el pecado, o hay grados de santidad? ¿Hay que investigar para purificar o el asiento fáctico de su santidad es algo que se puede oler, palpar y sentir? Juan Pablo II fue lo más parecido a una estrella de pop, y no por la cantidad de gritos o lágrimas que logró sacar sino por la cantidad de popularidad que tuvo. Se aprovechó también de su propia reformulación de las reglas: eliminó el abogado del diablo en los procesos de canonización. Nadie niega su magnífica obra, su excelencia como ser humano, su política de virtud. Pero los que creemos en la duda también creemos en la reflexión. ¿Cuántos errores se permiten tener para ser un santo? El martillo que golpea las paredes del Vaticano debe ser uno de prudencia. No para asestar un golpe mortal a su santificación sino para hacerla con reservas, y no por falta de bondad sino por exceso de pasividad. Ratzinger vino a limpiar la casa, a espantar a las moscas y soplarle al polvo. La cadena de desvergüenza se rompió ahí: Marcial Maciel recluido fue –pensamos algunos- el momento en que se decidió la suerte de Wojtyła. Pero Dios tenía otros planes. Quizá la prueba de que Wojtyla es un santo es su sorpresiva beatificación; el enamoramiento –igual que el de Maciel- que aleló a la mayoría; la entusiasta participación de todos. ¿Sabremos algún día si fue cómplice o si fue engañado? ¿Comprenderemos sus motivos en caso de ser así? ¿La santidad salta la valla de lo humano para instalarse en un mundo que no podemos comprender? Si los caminos de Dios son inescrutables las acciones humanas parecen desplegarse desde y para siempre por razones también humanas. Entonces es fácil encontrar una justificación para no aplaudir ni conceder: aquella foto famosa no era solamente el abrazo de dos amigos; de dos líderes católicos señalados desde arriba; de dos mentes que confluyeron en un proyecto totalizador, sino la constatación obvia de que sus respectivas beatificaciones estaban acabadas. Se creyó que la carrera al cielo de Wojtyla estaba pulverizada. Qué las sucesiones interminables de segundos y de horas darían razón a los escépticos. No fue así. La emoción negativa y realista cedió ante el milagro. Esta vez ganó Dios. 

miércoles, 4 de mayo de 2011

Los barrotes invisibles

Por Guillermo Fajardo.


Del cuerpo del supliciado se obtenía una confesión que derivaba en una explosión de aspectos exactos que recordaban la llamada al orden: no sólo los gritos del condenado sino el aspecto fáctico de su derrota frente al rey; no solo la magnitud de su sufrimiento sino el sentimiento implícito del terror; no solo el accionar poderoso sino la fuerza visible del verdugo. La tortura, invocada no solamente como castigo pero como medio para obtener la confesión. Si antaño el cuerpo era el señalado, ahora lo es el aspecto general del delincuente. Importan las características psicológicas, su pasado, el rompimiento de la ley como signo de astucia, de indefensión ante la vida o de mera ociosidad. La ciencia ha convertido al delincuente en objeto de estudio cuyos largos tentáculos se extienden no solamente a la inversión consentida de su papel como reformadora (y ya no únicamente como explicación del mundo), sino que sus ojos se ciernen sobre el criminal ya no tampoco como alguien anormal sino como alguien necesitado. El derecho penal necesita a la medicina, a la sociología, a la psiquiatría, a la psicología y a cualquier otra ciencia que arroje luz sobre los pesados barrotes de la reincidencia, de la artimaña enfrascada y mimetizada en la misma ley: qué la prisión es signo de retorno hacia ella misma, quizá porque nunca se estuvo fuera. Principio de corrección invocado por Foucault1 y recordado en 1900 por Miguel Macedo en la inauguración de la Penitenciario del Distrito Federal: “aquí se elaborará la corrección del delincuente (…) orientado a la corrección moral y que abarque todas las fases de la vida del hombre a quien la justicia ha declarado delincuente, desde la celda que ha de ocupar y la alimentación que ha de recibir, hasta sus comunicaciones con el exterior 2”. Pero esta utopía reformadora ha fallado hasta en sus fibras más íntimas: “Es necesario observar la realidad de los centros de readaptación social. Es innegable la sobrepoblación, corrupción, manejo de clases, tráfico de influencias y otras cosas que aumentan el endurecimiento y resentimiento del interno3”. La fe en la modernidad sucumbió ante la imposibilidad fáctica de recurrir a técnicas proporcionadas por ella misma para salir del atolladero. ¿Para qué mantener las prisiones si ha mostrado ser un monstruo ineficaz cuya sombra se extiende; cuyos errores se palpan; cuyas prácticas se aborrecen? La política criminal del estado para readaptar no ha funcionado. La pugna que antes se daba entre la confesión pública o el silencio del condenado; entre festejar sus crímenes en las largas filas que pasaban en las ciudades o mantenerse callado, ha sido sustituida por la ignominiosa pero inevitable carga de aprender el oficio de delinquir en el centro que busca evitarlo. Pero, ¿por qué se castiga? Porque, tomando una definición de Isabel Claudia Martínez 4: “la sanción impuesta (…) también tiene como finalidad la confirmación de la vigencia de la norma.” Es decir: manifestación notoria de que la ley sigue con vida y respirando, que la infracción a ésta es la excepción, que el transgresor opera en sentido inverso a la sociedad. Se busca darle voz a ésta: eres tú la que está siendo vulnerada, violada, lacerada, rasgada. ¿Y qué mejor legitimidad que la de  invocar un castigo que el establecido en la ley? ¿Qué mejor remedio para asustar al criminal del no retorno hasta que se cumpla el tiempo especificado? Y es que antes el rey podía, sin ningún contrapeso, establecer que se perdonara al criminal. El circuito cerrado de la prisión se contrapone a los signos y al cuerpo magullado y torturado del criminal de antes. No sabemos lo que pasa al interior: bastan los susurros apenas proferidos para que nos demos cuenta que la prisión apenas sirve para conmover o readaptar. Se ha olvidado el silencio y la soledad absoluta que pedían los reformadores para que ahora el alma, y no el cuerpo, sea el que sufra: se quería una confesión consigo mismo y no frente al pueblo de actitudes ambiguas; se buscaba la interiorización de su pecado alrededor de cuatro paredes; se soñaba con la “sumisión total”5 del condenado frente a sí mismo. En el México actual ningún silencio: más bien desorden; ningún canal para combatir los privilegios: más bien impunidad. ¿Cómo readaptar en circunstancias donde la maquinaria de la corrupción, la falta de infraestructura y el favorecimiento de la cultura del no empapan a todos?

Las cárceles actuales no han funcionado para someter al individuo a un reglamento estricto o, más bien, a una incesante disciplina: si por un lado unos gozan de privilegios, otros ven en esos privilegios la injusticia de un sistema penal que incrimina a veces sin prueba y de un sistema penitenciario que otorga siempre sin necesidad: “En la cama superior El Chapo dejó una camisola, un pantalón, una chamarra y unos shorts beige oscuro sin marca. (…) Había tres pares de calcetas blancas, dos camisetas Hugo Boss talla mediana y tres trusas del mismo color y marca. (…) Los estantes parecían el mostrador de una tienda de abarrotes. En la repisa superior había frituras Ruffles, galletas Lara Bimbo, Canapinas, almendras con chocolate Ricolino (…) Los empleado decían que llegó a tener hasta 20 pares de tenis Reebok y Nike.”6 No es ninguna sorpresa que algunos reclusos vivan en condiciones infrahumanas y otros mejor que cuando estaban libres. Antes, a la estampa viva de la infracción (el mismo delincuente) se le añadían una multiplicidad de signos, símbolos, reacciones artificiales ostensibles, señalamiento. Ahora, la prisión ha mutado en un ser silencioso al que sin embargo se le atribuyen los peores defectos. Pero se mantiene viva: Foucault añade la tesis de que la prisión se estableció como método de esclarecimiento a la hora de hacer objetivos visibles a los futuros criminales y de darles un seguimiento continuo. Es decir, que la prisión “marcaba” para perseguir. Se puede un leer un trozo de oportunismo así como un aplauso a la racionalidad, a la búsqueda incesante de una economía criminal muy perversa: la cárcel como reunión de futuros marcados; como aglomeración obvia de reincidentes; como hidra cuyas cabezas se regeneran pero solo ilusoriamente: son las mismas. La prisión ha vitrificado el sueño de la igualdad: castiga a todos en un mismo lugar. Se acabaron los peores castigos que se arrojaban al regicida o al parricida. Se acabó el cortar la mano o taladrar la lengua ya se tratara de un ladrón o un blasfemo. Ahora el homicida recibe el mismo trato que el violador. Y es que la política criminal actual no tiene que ser entendida como el castigo ejemplar hacia el que la ley debe dirigirse, sino de un sistema programático enfocado a la reinserción, al cumplimiento útil de una vida que antes no lo era. Se ve a la prisión como humanitaria: en ese sentido los gritos de los condenados nos recuerdan a donde no hay que volver. Parece que la cárcel es la más humana de las opciones. También la más científica de ellas: una ola de modernidad inserta, sin embargo, en un terreno yermo por sorprendente, en donde todo ocurre pero nada pasa: no hay reformas, no hay preocupación por sacarlas adelante. Y a la ola de optimismo por parte de las autoridades se antepone la fractura visible señalada por los especialistas: en un estudio De mal en peor: Las condiciones de vida en las cárceles mexicanas (Revista Nueva Sociedad No. 208, marzo-abril 2007)7, se menciona que en 2006 México tenía una tasa de reclusos de 245 por cada 100,000 habitantes, mientras que en 1996 la proporción era de 102 por cada 100, 000. Por otro lado: 26% de los internos aseguró que no dispone de suficiente agua para beber; 63% considera que los alimentos que les proporcionan son insuficientes; 27% señaló que no recibe atención médica cuando la requiere; solo 23% dijo que la institución le proporciona los medicamentos que necesita; un tercio de los presos opina que el trato que reciben sus familiares cuando los visitan es «malo» o «muy malo»; 72% dijo que se siente menos seguro en la prisión que en el lugar en donde vivía antes; y 57% dijo desconocer el reglamento del centro penitenciario donde está recluido.” La cárcel no solamente como lugar donde se verifican atrocidades sino donde se imbrican cuerpos. Y sintiendo los rigores de la estrategia contra la inseguridad, impulsada por Felipe Calderón desde 2006, entonces tenemos que el número de detenidos se ha incrementado. Solamente como una muestra, Fernando Escalante, en la revista Nexos, menciona que la tasa de homicidios entre 2006 y 2007 en el Distrito Federal fue de 9.39, en 2008-2009, de 15.72; en el Estado de México fue 10.28 en 2006-2007, de 11.86 en 2008-20098. Es decir, que el aumento en la tasa de homicidios (o cualquier delito) aumenta necesariamente el número de detenidos. No importa el número, lo que se hace notar es esto: que a pesar del incremento en las tasas de población carcelaria, las instalaciones siguen siendo las mismas. ¿A qué esperanza acudir cuando la evolución lenta pero constante del número de prisioneros va en aumento pero no la expansión de los lugares comunes, de las camas, del espacio mismo de la prisión? El Panóptico del que hablaba Bentham ha sido transformado en una pocilga donde las condiciones importan para castigar; son éstas, y no el aspecto del encierro, el que abarca el castigo. Ya no el deseo de ver sin ser visto, ni de establecer un centro único de mando desde donde “el director puede espiar a todos los empleados que tiene a sus órdenes: enfermeros, médicos, contramaestres, maestros, guardianes…”9, sino de simplemente contener, aplastar, alzarse de hombros como signo de derrota, apuntalar argumentos de presupuesto o de falta de espacio para quedarse absortos y abúlicos ante la realidad carcelaria. Los sueños que oxigenaron la ilusión de la readaptación caen en una situación limítrofe: por un lado tenemos la constante presión de los tratados internacionales celebrados por México, y por la otra la inaudita ineficiencia de la democracia a la hora de canalizar y resolver por completo todas las exigencias. Millones de pobres, reformas políticas, laborales y de seguridad nacional, estrategias contra el narcotráfico, bautismo completa de demagogia pero no de acción. De acuerdo a Las reglas mínimas para el tratamiento de los reclusos, adoptadas por las Naciones Unidas el 30 de agosto de 1955, durante el Primer Congreso de Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente, “19) Cada recluso dispondrá, en conformidad con los usos locales o nacionales, de una cama individual y de ropa de cama individual suficiente, mantenida convenientemente y mudada con regularidad a fin de asegurar su limpieza.” También que, “20.2) Todo recluso deberá tener la posibilidad de proveerse de agua potable cuando la necesite.” Es fácil ver que ninguna de estas reglas se cumple. La prisión, con todo y su deseo de superación y de readaptación, no es más que una jungla espesa en donde los condenados son invisibles y el crimen palpable. No es el tiempo de los derechos sino la fundición de los mismos en una amalgama de manifestaciones claras del crimen. Es como si estuvieran presentes pero disminuidos. La postergación al infinito de una sucesión de medidas necesarias ha convertido en algo maleable la urgencia por el cambio. Resulta imposible la readaptación en un ambiente atacado por el crimen, insidioso y maligno. La sedición de los buenos deseos ha comenzado: hay que alzar la cabeza y enfrentar el problema no como método de expiación personal pero como catapulta que mande señales al otro lado: allá afuera, donde la sociedad no ve lo que pasa porque no le importa. Las disciplinas de las que hablaba Foucault y que se reproducían en la sociedad a través de instituciones aparentemente inocuas (escuelas, conventos, hospitales) se desplegaban en su totalidad en la cárcel. Ya no. La prisión es un semillero de bacterias que atacan todas las letras de la palabra reinserción. Es como si el debilitamiento de las leyes inaugurara la erupción de la ilegalidad. Como si la concesión implícita de las autoridades abriera el agujero de la reincidencia. Ya no importa el principio rector, axial del Panóptico de Bentham: no importa si eres visto trasgrediendo el reglamento porque todos son, en principio, corruptibles; qué importa tener privilegios si nos tapamos los ojos aceptando la juntura que nos relaciona. El objetivo de no volver a caer ha fallado: en una nota del periódico “El Universal” del lunes 24 de septiembre del 2007, se asegura que “Antes de cumplir la mayoría de edad, 30% de los menores infractores que ingresan al sistema de justicia juvenil comete su segunda felonía 10.” Pero por ahora no hay salida: la cárcel se ha vuelto en un mal necesario porque ha demostrado, en principio, ser la más humana de las penas: no más torturas y no más carteles señalando el crimen; no más confesión pública frente al pueblo y no más penas de muerte crueles. En su lugar tenemos centros abjurados de toda maldad pero abrigados de complicidad. Hemos llegado al punto en donde la reclusión sirve para ensanchar horizontes delictivos y condecorar al engaño: salen para volver. Ha comenzado la era de la sin razón sobre la base explícita de recordar el pasado. La cárcel como muro que se levantan frente a la sociedad: barrotes invisibles que el que entra carga durante toda su vida quizá, también, porque ese siempre ha sido el objetivo.





Bibliografía



1.- Foucault, Michel, “Vigilar y Castigar”, p. 313.

2.- Laveaga Gerardo, Lujambio Alberto, “El derecho Penal a juicio, Diccionario Crítico”, p. 485

3.- Laveaga Gerardo, Lujambio Alberto, “El derecho Penal a juicio, Diccionario Crítico”, p. 485-486.

4.- Martínez, Isabel Claudia, “El derecho penal del enemigo”, p. 56.

5.- Foucault, Michel, “Vigilar y Castigar”, p. 273.

6.- Hernández Anabel, “Los señores del Narco”, p. 206-207.

7.- Azaola Elena. Bergman Marcelo, http://www.nuso.org/upload/articulos/3421_1.pdf

8.- Escalante Fernando, Revista Nexos número 397, enero 2011, p. 40.

9.- Foucault, Michel, “Vigilar y Castigar”, p. 236.

domingo, 1 de mayo de 2011

Panoramas discursivos

Por Guillermo Fajardo.
Hay parches en la memoria que facilitan la entrada al olvido; consecuencias que se desploman en el barranco de la historia; accesos de momentos que se borran para siempre. En el CEN del PAN se dieron cita siete precandidatos que aspiran a suceder a Felipe Calderón. Fue un ejercicio de transparencia personal: el Gobernador de Jalisco, Emilio González Márquez, abiertamente buscando el apoyo de una parte de la militancia hacia su candidatura; nos habló de tú para facilitar la entrada a la impersonalidad; invocó su pasado como militante y presumió sus logros, contrastándolos con los de Peña Nieto. El Secretario de Hacienda, Ernesto Cordero, recordó que se sentía orgulloso de ser el primer Secretario de Hacienda panista, y mencionó que se sentía contento de pertenecer al partido. Dijo que los gobiernos panistas “son y seguirán siendo los mejores para el México del siglo XXI”. Lujambio, enérgico aunque impostado: sus palabras fueron subiendo de nivel con la exactitud que dan los segundos y la práctica diaria del discurso; Josefina, poética y en el límite entre la emoción desbordada y la ilusión pueril; Creel, el más alejado del círculo presidencial, invocó un discurso defensivo, plagado de referencias hacia Calderón: quiere una cancha justa para combatir en el proceso interno; Heriberto, gris y gritón; Lozano, bastante medido, mencionó, entre otras cosas, la valentía del Presidente Calderón al hacer las cosas “con la ley en la mano”: se refería, por supuesto, a la extinción de Luz y Fuerza del Centro. De puertas afuera el PAN parece un partido unido: muchos de los ponentes mencionaron la necesidad de ir todos con un candidato. Hay, sin embargo, un problema: el discurso del partido se ha desgastado conforme pasa el tiempo. No es recomendable pararse sobre la bandera priista y mirar hacia atrás. El PAN tiene cosas que presumir pero no sabe cómo. Es un partido cuya fuerza surgió del hartazgo hacia el PRI: el hormigueo que sienten cuando se habla del tricolor muta en auténtica ira. Se les olvida a veces que ya no son oposición. Que tienen las riendas de lo que sucede: que son dueños de su barco y no espectadores que buscan transición. La política de cada partido no puede ser definida en términos del enemigo, sino de referencia explícita hacia el corazón doctrinario de cada color. El PAN no ha entendido esto: Peña Nieto es su blanco preferido, entendible, en parte, por la ambición de éste de influir desde ya en el Congreso frenando reformas y siendo un lastre absoluto para la democracia. También por ser el más popular. El costo político por el que ha optado es uno bastante grande al hacer muecas ostensibles en contra de las candidaturas ciudadanas. No solo eso: la confrontación que se espera entre Beltrones y Peña hace que panistas y perredistas esperen cruzados de brazos. La esperanza de la desunión los pone a babear. Esperan un TUCOP que muerda los brazos del PRI. Los partidos no han entendido que no se trata de llenar espacios sino de reunir conciencias: en política no debe haber planes loables sino deseos realizables.
Por otro lado, el PAN, inepto, tampoco ha podido negociar las sillas vacías del IFE. Y lo que debería ser un sermón, se musita; lo que debería ser gritado, se susurra; lo que debería ser contado, se silencia. El PAN no sabe cómo salir. Y hay una variable que no se ha tomado en cuenta: los gobernadores priistas. Una vez que conocieron las bondades del federalismo: ¿les gustará tener un Presidente que los controle, que los amenace, que les corte recursos? Difícilmente. La tarea de panistas y priistas, entonces, es la negociación con quien se deje. Cada precandidato, cada sucursal debe avituallarse de palabra y de obra; de conciencia y de pacto. Hay que subirse al púlpito desde donde vitorear y calcificar el discurso. Cada uno se prepara para el 2012 con las reservas propias que su posición les permite; a los panistas les resultan llevaderas las encuestas: no hay miedo frente a ellas sino escepticismo. Los priistas aplauden y el circo comienza: Moreira enseña las bondades del espectáculo; Peña Nieto lo aséptico de su imagen; los Gobernadores la comodidad con su terreno. Si los discursos sirvieran para comprometer, México sería, desde hace mucho, potencia mundial. Hay que entender, sin embargo, que la democracia no puede cumplir allá donde hay una explosión inaudita de demandas. El país espera ansioso su futuro: la bandera de la modernidad espera izarse conforme la esperanza se alimenta de su propia destrucción.