Guillermo Fajardo.
Hay algo que huele mal. Una confusión que se encuentra en el aire no como síntoma de discusión para el progreso pero como espectro morador que quiere seguir arrastrando las mismas cadenas. Una mordida de veneno que recorre la sangre que se supone debería oxigenar al cuerpo. El partido de siempre comprando el voto. El partido de siempre exagerando a sus candidatos: a un Gobernador que no tiene un ápice de inteligencia; a un líder del Senado autoritario; a un líder nacional al que le aplauden como monos su pasión por un debate superfluo y populachero; a un sinfín de Gobernadores endeudados que piensan que la rendición clara de cuentas no va con ellos; a un secretario de finanzas que puede desviar 800 millones de pesos sin estar en la cárcel. Esta es la normalidad democrática del PRI. Privilegios que pernoctan todos los días desde la intención de mantenerlos vivos. Acciones que ya no horrorizan pero que arrancan sonrisas que presagian lo inevitable: poco a poco nos va uniendo la desgracia.
Luego, una sociedad poco informada y abocada a reducir la política al mínimo. Espacios de personalización que se abren como boquetes y heridas que sangran: cada quién a lo suyo: la política es despreciable porque no tiene nada que ofrecer. Es un invento extraño del hombre eso de la democracia. Basta ver la poca información y lo extremista o lo reaccionario de las opiniones al leerlas bajo el anonimato que ofrece la red. Milenio, El Universal, Excelsior y Reforma ofrecen este servicio. En él, podemos ver las falsas convicciones de una población alimentada por los medios que les retribuyen a través de sus palabras lo que ellos mismos (los medios) les dan: círculo perverso porque la ruptura a este vicios está en la misma persona: en su voluntad para pensar más allá. Los comentarios iracundos de los internautas son resultado del forcejeo que existe entre la realidad y las promesas de la democracia. Vivimos en una sociedad violenta pero cobarde. Nos excusamos ante las lagunas de la ley y la invocación hasta el hartazgo de nuestra poca responsabilidad. La moral como obstáculo que se interpone entre nuestros deseos. Los hueseros que deberían aliviar el dolor de las articulaciones en política son herramientas bien aceitadas para la formación de mitos.
Por otro lado, tenemos un partido en el Gobierno Federal que minimiza el impacto que podría tener. El PAN no sabe como presumir sus logros. Poco a poco todo eso permea a los histriones que exageran las virtudes y reducen los efectos de lo dañino: la compra de votos entre la población es algo normal porque es realizable. ¿Decir que es exclusivo de un partido? Nunca. ¿Decir que debe ser así y alzarnos de hombros ante lo inevitable? Tampoco. Videgaray salió a decir que es normal premiar el voto. Lo peor es que se ve a este hombre como uno de los más lúcidos dentro del PRI. Estoy seguro que reduciría al mínimo el impacto que tiene coaccionar a una persona para salir a votar por alguien a quién ni conoce ni le importa. Eso, en derecho, anula contratos y testamentos. La voluntad libre es un principio intocable que en política sufre de la prolongación infinita al futuro. Cosa distinta es la negociación: en esta se deberían premiar las ideas y no los votos, la lealtad y no las alianzas frágiles. En la negociación ambas partes están en igualdad de circunstancias porque hay algo que ofrecer, en la compra, en cambio, uno da y otro baja la cabeza. En la compra si no quieres ayudar no importa: hay otros que se prostituyen.
Hablamos de una sociedad democrática como si las palabras bastaran. Hablamos de progreso como si la visita del candidato a una población espantara a las moscas. Creemos que comprar votos es normal porque todo mundo lo hace. Entonces llegamos a vivir en una cómoda posición en donde todos somos culpables y la culpa se diluye. Llenos de pánico asistimos al espectáculo de lo risible para después dar paso al absurdo y al vacío. La crítica mordaz encuentra su culmen en el espacio mexicano. Nos mofamos de quien nos gobierna pero no de quien es ingenioso para burlar la ley. Nos parece síntoma de salubridad que las cosas sigan más o menos su rumbo. El PRI actual no tiene absolutamente nada que ofrece. Piensen en el Gobernador de Oaxaca, de Puebla o de Veracruz. En los discursos rimbombantes y graciosos de Moreira. En los sindicatos que ellos mismos crearon. En la unión entre una bonita sonrisa y un liderazgo que se cae a pedazos en el Estado de México. Hay que captar la esencia de lo irreal para comprender que las instantáneas tomadas no comparten con nosotros todas las siluetas: son apenas imágenes borrosas de un paraíso que no hemos descubierto.





