miércoles, 27 de abril de 2011

Las trampas de la ley*

Por Guillermo Fajardo.
Hay sombras que no se ven con facilidad; resabios de viejas prácticas empapadas de modernidad; luces que se confunden con el sol. Hay cacerías legales justificadas pero que parecen aberrantes, costumbres arraigadas en la piel de la conciencia: hay enemigos que hay que disipar de entre la niebla. Distinguirlos no es fácil: es un ejercicio de selección. ¿Por qué decía Hobbes que al enemigo no se le debía aplicar la pena establecida en la ley y, por tanto, podía el Estado no tener límites? Porque el enemigo estaba fuera de ella ¿Por qué los seres humanos se defienden ante el extraño que llega de quién sabe dónde, ante la bacteria que busca simula ser normal, ante las pisadas nocturnas que escuchan a lo lejos? El enemigo ha sido siempre motivo de disolución. Todos buscan derrotarlo. El estado mexicano también: el derecho penal del enemigo se presenta como una salida fácil pero compleja al problema del terrorismo y de la delincuencia organizada. Cuando se invoca el derecho penal del enemigo se piensa en torturas, azotes y muerte. Esto sería absurdo: el enemigo no es una no persona, sino alguien al que se le da un trato especial. Si estuviera despersonalizado no podría aplicársele la ley. Además, el derecho penal del enemigo, como su nombre lo indica, pertenece al derecho penal. Pierde ciertos derechos, pero no todos. Se trata, en suma, de una práctica que se inserta en el derecho mexicano con tal de lanzar estigmas y señalamientos hacia los acusados. Dice la Ley de la Delincuencia Organizada: “Cuando tres o más personas se organicen de hecho para realizar, en forma permanente o reiterada, conductas que por sí o unidas a otras, tienen como fin o resultado cometer alguno o algunos de los delitos siguientes, serán sancionadas por ese solo hecho, como miembros de la delincuencia organizada.”1. He aquí un ejemplo perfecto que aglutina las características del derecho penal del enemigo: anticipación de la punibilidad; ausencia de una reducción proporcional debido a la misma anticipación; restricción de garantías. Otro ejemplo: “Sin perjuicio de las penas que correspondan por el delito o delitos que se cometan, al miembro de la delincuencia organizada se le aplicarán las penas siguientes.”2 Uno más: Al que forme parte de una asociación o banda de tres o más personas con propósito de delinquir, se le impondrá prisión de cinco a diez años y de cien a trescientos días multa.”3
El derecho penal del enemigo castiga al mismo por el simple hecho de ser y no de cometer: hay migajas dentro de este concepto que deberían haber desaparecido desde hace tiempo. No importa qué se cometerá: importa lo que eres, lo que planeas. Es decir, por el simple hecho de organizarse para cometer delitos se sanciona; por asociarse se caza; por planear se usa mano de hierro. ¿Pero debemos levantar sospechas y exigir que se quite el polvo de lo normal para que se pueda considerar una práctica monstruosa? ¿Hay motivos para suspirar y liquidar de entrada normas como esta? Existe una razón para pensar que quizá el enemigo necesite otro trato: el asociarse con el fin de delinquir, planear actos terroristas o pensar en hacerlo es suficientemente dañino para que el derecho, desde antes, tenga que intervenir. Hay delitos que pareciera que es mejor evitar pues cualquier pena que se aplique no subsana el daño que se pueda cometer. Esto suscita más problemas: ¿pueden detenerme por comprar alguna sustancia que la autoridad considere suficiente para crear una bomba? ¿Pueden detenerme por comprar cinta adhesiva, pasamontañas y un arma autorizada con todas las de la ley porque se considera que voy a cometer un secuestro? Hay ámbitos de la libertad que no pueden tocarse bajo ninguna circunstancia: hay acciones que emergen de la voluntad imposibles de guillotinar con el filo de una pena que sanciona la nada; hay, sin duda, un dejo de oportunismo y una trampa en la ley: se utiliza como justificación que “En cuanto a la delincuencia organizada, dada la complejidad que requiere dicho tema por el daño que causa a la sociedad, se propone un régimen especial desde su legislación…”4 para que el derecho ponga un halo de peligrosidad a ciertas personas. A partir de aquí no podemos abrir los brazos y cerrar los ojos: algunos dirán que las normas del derecho penal del enemigo son necesarias en cierto contexto, pues las sombras y los susurros que amenazan un Estado democrático son los suficientemente fuertes como para combatirlas. No hay que esperar a que nos ataquen para reaccionar. No hay que cometer la tontería de ver para castigar sino de castigar para anticipar. No hay que reservarnos el látigo y el suplicio, sino la bondad y las garantías. Es fácil ver de dónde sale la necesidad de incluir en México este tipo de trato: la explosión sin control de los cárteles de droga y ciertos destellos de terrorismo. Las tendencias legislativas que favorecen este tipo de normas no son sino la expresión fáctica de lo que sucede en ciertos tramos de la realidad: a veces parece que a México ya lo sobrepasó la ira, el descontrol, las ganas de olvidarse para perderse. ¿Una ley hará que el camino sinuoso se convierta en recto? No. ¿Tachar a determinadas personas logrará facilitar la entrada a la paz? Tampoco. Hay que entender al delincuente y su entorno; el ámbito psicológico de la realización de las conductas; las formas que adopta cada delito; la absorbente capacidad del narco para reclutar; repensar la estrategia y atacarla como problema de salud. La situación que he esbozado es mucho más complicada. He tocado solo una fibra de lo que comprende el derecho penal del enemigo. La sociedad no puede esperar pasiva a ver qué es lo que pasa. No podemos sentarnos y sorprendernos ante la plétora de confusiones que nos envuelven. El derecho penal del enemigo no es algo exclusivo del derecho: es la manifestación exacta en lo que se ha convertido la sociedad. No hay ninguna trampa en la ley. No hay enemigos. Hay urgencia.

http://guillermofajardo89.blogspot.com/
*Artículo a publicarse en el próximo número de mayo de El Globalista México.
1.- “Ley Federal contra la Delincuencia Organizada, artículo 2”.
2.- “Ley Federal contra la Delincuencia Organizada, artículo 4”.
3.- “Código Penal Federal, artículo 164”.
4.- “Dictámenes de primera lectura de las comisiones unidas de puntos constitucionales y de justicia, con proyecto de decreto que reforma, adiciona y deroga diversas disposiciones de la Constitución Política de los Estados Unidos mexicanos”, Cámara de diputados, 10 de diciembre de 2007, 28/103."

sábado, 9 de abril de 2011

Las frases elegidas

Por Guillermo Fajardo
¿Para qué las palabras? ¿Por qué acudir a lanzar sonidos frente a un auditorio, frente a otra persona, frente al espejo? ¿Por qué el soliloquio con uno mismo? Porque la reivindicación de los enunciados nos lleva a mostrarnos como sujetos activos en un ejercicio intelectual o como manifestaciones tangibles de una idea: un virus que buscamos inocular desde nuestra mente en la del otro o incluso convencernos a nosotros mismos. El debate fue en el Piso 51 en una serie de conferencias en homenaje a Javier Beristáin.
Comenzó Fernández Noroña, exponiendo una idea fundamental aunque invocada hasta el hartazgo: debemos respetar la ley. En México, esta sentencia se ha convertido en el platillo principal de quién quiere quedar bien: hemos sido condenados a masticarla cuando nos ven y a escupirla en la soledad. Qué mal que no profundizó más en esta idea y, sí, en cambio, se agarró de la obsesión de un sector de la izquierda: López Obrador. Invocó la necesidad de respetar el marco constitucional. Acusó a los grandes partidos de simular: en la réplica, al preguntarle qué tan deseable sería que el Senado ratificara a cada uno de los miembros del Gabinete, respondió que esto sería imposible. ¿Por qué? Porque había tres sillas vacías en el IFE desde hace tiempo. ¿Cómo pretender ratificar a todo el Gabinete cuando ni siquiera podían ponerse de acuerdo en tres vacantes?
Le siguió Zapata, senador del PAN. Manifestó su preocupación por un incentivo perverso muy conocido en el país: si a ti te va mal, mejor. Se trató, eso sí, de una declaración interesante: la política no está dada ni ha nacido para jugar con ella. No se trata de un pasatiempo sino de la búsqueda para ocupar el poder. Desde ahí es posible gobernar. Ganarles los adeptos a nuestros adversarios y después pactar con ellos. No buscar derrocar al gobierno en turno pero sí enseñarle sus errores: la política no puede ser un abrazo multitudinario ni una sonrisa amable para el que me confronta. Y no es que  “si tú estás mal mejor para mí”; más bien: “tú estás bien, pero yo mejor”. El discurso que debe articularse no es uno negativo ni de vindicación oportunista sino de progreso. Tolerar las ideas del otro pero siempre en la balanza de lo óptimo.
Carlos Navarrete rememoró la oxidada democracia que se vivió bajo el PRI: “la monarquía sexenal” de Daniel Cosío Villegas fue un experimento que abrió un boquete inmenso en la vida cultural del país. Fueron 70 años de cambios pero ocultos bajo un silencio consentido y aplaudido por todos, consumado desde la reelección monocolor: una democracia a modo del caleidoscopio: mismos colores recombinados cada seis años. Recordó que el Presidente de la República era presidente de partido, presidente de las cámaras, jefe implícito de los gobernadores, jefe de las fuerzas armadas, rey dadivoso que incluso nombraba a su sucesor. Pero algo cambió a partir del 88: un movimiento que conmovió a una parte de la población y la sedujo. Surgiría, poco tiempo después, la tercera fuerza política del país.
Beatriz Paredes tocó un punto vital que, en un régimen considerado democrático, resulta apabullante y desolador: el influyentismo y el compadrazgo auspiciados por el eje rector del cinismo. Propuso regresar a la meritocracia. Debe ser mediante el esfuerzo que se construyan caminos duraderos de profesionalismo y visiones sensatas del futuro. No se puede construir bajo el continuo temor de invertir el tiempo en buscar facciones que nos impulsen y no en cambios que nos motiven. Es un grito prudente. Es un suspiro necesario.
¿Por qué la reforma?, se preguntó Ugalde. Entonces responde: para combatir la impunidad. Para tomar decisiones con más agilidad. Y es que mediante la reelección no se le da un incentivo a la población para que se alleguen de información de su diputado (la apatía ya está en el aire), sino para permear el sistema y permitir crear experiencia, antaño reservada exclusivamente a cuadros priistas. Habló también de la irresponsabilidad intelectual que llevó a la pereza política años antes del cambio democrático. La sociedad esperó a que muriera el PRI: confiamos que el dinosaurio no solo dejaría crías con la información suficiente para el desarrollo, sino también que automáticamente cambiaríamos de era. Recordó la portada del Proceso el 4 de julio del 2000, cuyo encabezado era: ¿Y ahora qué?
¿Y entonces por qué las palabras? ¿Sirven para deshacer mapas mentales arraigados y cochambrosos? ¿Sirven para echar luz en un cuarto lleno de niebla? ¿Para bruñir estatuas a las que les rendimos homenaje: la historia, la vida interna de los partidos, las acciones de cada uno? Las palabras como custodias de un territorio y un renglón ajeno a las pasiones. Las apologías para expresarse. El debate como único medio para entenderse. El discurso como zona impoluta que aviva el fuego de la inteligencia.
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sábado, 2 de abril de 2011

Los payasos

Por Guillermo Fajardo
Estuve buscando pero no encontré la cita. No sé, tampoco, donde la leí: Vladimir Nabokov, novelista ruso, decía que si él quería que un personaje cruzara la calle, el personaje lo hacía. Para aquel que no esté muy informado de esto le cuento lo siguiente: en una novela, los personajes, por paradójico que parezca, tienen vida propia. Algunos, como Nabokov, los amordazan y se adueñan de la línea de la historia. De su historia. La primera sospecha que emerge del lector no escritor es que esto no es posible. Les digo, con la mayor humildad de la que hago acopio, que esto sí sucede. Nabokov quería acabar, quizá, con la fantasía de la vida en la tinta o las acciones caprichosas de los que tienen nombre y apellido por nosotros. Cuando escucho a Humberto Moreira y veo a Josefina Vázquez Mota no puedo sino imaginarme al escritor sentado luchando inútilmente contra los personajes: es como si estos dos no entraran en la narrativa general de la novela. Moreira es un payaso, un personaje que desentona con el ambiente tétrico y medio apocalíptico de la historia; Vázquez Mota es la heroína que cruza la calle a pesar de saber que la verdadera oportunidad de redimirse se quedó en la otra acera. Uno y otro, esculpidos por ellos mismos, pecan, uno, de ser una fiesta andante, amo y dueño de declaraciones: un Narro defensor de tres colores que no logra ver más allá de su nariz. Otra, trueca en defensora de su propia causa: quiere ser la primera mujer en llegar a Los Pinos a pesar del partido, pues la verdadera batalla en donde la necesitan no es el 2012 sino en el Estado de México.
 La batalla de Calderón al interior del PAN en el proceso interno del 2006 logró una disrupción poco vista: el menos conocido ganó. Esto logró que hoy día veamos al Presidente como un personaje fuerte al interior de su partido sin que tenga, sin embargo, la última palabra. También, que personajes como Creel o Josefina busquen a toda costa algo que ya no les corresponde o algo que pone en peligro el futuro del partido. Si bien el PAN ganó la Presidencia en elecciones pasadas sin ganar el Estado de México, la sentencia parece inevitable: Peña Nieto no se volverá invencible, aunque sí se generará (en parte a los analistas políticos medio iluminados) una especie de leyenda con el mote de “Presidente”. Bravo Mena y Encinas son comparsas, siguiendo el guión principal del escritor: atentos a negociar cualquier cosa que surja para ellos en un futuro, lo único que lograrán con sus respectivas candidaturas es agregar en su currículum la aventura ya muerta de buscar ser gobernador del Estado. Ellos también, obnubilados o ingenuos, se alzan de hombros y aceptan la derrota aceptando la candidatura. Curiosamente, ya habían participado como candidatos hace ya tiempo. Es increíble que ni el PAN ni el PRD pudieran crear a lo largo de todo ese tiempo algunos buenos perfiles para competir. Desidiosos o pasivos, creyeron que con los errores del PRI bastaría: definieron la victoria en un sentido negativo.
Y luego Moreira. Gracioso, busca el debate. Cínico, se olvida del pasado. Juguetón, confronta a Cordero, Heriberto Félix o Javier Lozano. Qué importa el tema. Quiere pelear. Le gusta hacerlo. Opaca al gris Madero y al incierto Zambrano. El calcio que fortalece los huesos en su debate son las cifras del Banco Mundial y de cualquier órgano que emita números. No busca formar cuadros sino crear votantes. Lleva consigo la fórmula perfecta de una política ensanchada y recorrida hasta el hartazgo por la elección de figuras de cristal que no saben pensar pero sí sonreír. No me rasgo las vestiduras: la verdadera vocación en política no es saber sino convencer: es lo mío un suspiro y no una lágrima.
Dúo dinámico: el más gracioso junto al más popular; el más elocuente junto al actor; el que levanta el dedo junto al que abre los brazos. La política se ha vuelto más insípida que de costumbre. Aplaudimos como monos a Vázquez Mota por su compromiso con ella misma y a Moreira por su locuacidad y dotes de hechicero. Compra una canasta básica y la enseña. Levanta los huevos y dice que esto es lo que falta. A la gente le gusta. Hace buena propaganda y se olvida, ¡qué sorpresa!, de la autocrítica. Si Nabokov luchaba contra la injerencia maldita de la voluntad de los personajes era para evitar finales inesperados. Vázquez Mota busca, Moreira es. Ambos son personajes autónomos que no buscan reescribir la historia, sino andar sobre sus pasos.